La levantó y la abrió, dándose cuenta de que era la letra de Adriana.
Decía: «Cien deseos para cumplir con Diego».
2 de marzo, es mi cumpleaños, quiero ir al Polo Norte con Diego a ver las auroras boreales y besarnos durante diez minutos.
20 de mayo, quiero que Diego me regale una noche entera de fuegos artificiales en el puerto y me proponga matrimonio.
14 de julio, para celebrar nuestro amor, quiero ir a Nueva Zelanda a saltar en paracaídas con Diego. Llevaré un vestido de novia y saltaremos juntos desde quince mil pies de altura, para que nunca olvide este día.
Cuando terminó de leer la lista de los cien deseos, Elena ya tenía los ojos llenos de lágrimas.
Durante todos esos días en los que Diego supuestamente estaba de «viaje de negocios», en realidad había hecho muchísimas cosas con Adriana.
Desde que se casaron, él casi nunca tenía detalles con ella ni buscaba sorprenderla.
Ya ni siquiera le regalaba flores.
Cuando veía en internet cómo otras parejas presumían su amor, siempre fruncía el ceño y le decía:
—Elena, nosotros somos diferentes, no necesitamos de ese tipo de cursilerías para demostrar lo que sentimos. Lo nuestro es un amor maduro y estable, eso nos va mejor.
Pero no es que hubiera olvidado cómo ser romántico.
Simplemente, todas esas atenciones se las estaba dando a otra mujer.
Guardó el diario en el cajón y se secó las lágrimas con un pañuelo.
Cuando Diego subió al carro y notó que Elena tenía los ojos rojos, le preguntó con preocupación:
—¿Qué pasa, Elena? ¿Estuviste llorando?
Elena se tragó el llanto y forzó una sonrisa.
—No es nada, solo se me metió algo en el ojo.
Él asintió, sin indagar más, y encendió el motor.
Faltaban solo un par de cuadras para llegar a la privada de su tía.
De repente, sonó el celular de Diego. Al contestar, escuchó la voz del encargado de seguridad de la privada.
—Señor Romero, la alarma de humo de su casa se activó. Fuimos de inmediato para revisar, pero nadie respondió al timbre. Queríamos saber si usted y su familia salieron.
Diego se tensó de golpe.
Adriana seguía en la casa.
Después de caminar cuarenta minutos, por fin llegó a la privada de su tía.
Se secó el sudor de la frente y tocó el timbre.
De repente, desde adentro se escucharon los gritos furiosos de un hombre, acompañados por el llanto agudo de una mujer.
Se llenó de angustia al pensar que a su tía o a su abuela pudiera haberles pasado algo. Justo cuando iba a tocar, la puerta se abrió de golpe.
El esposo de su tía salió hecho una furia y, sin siquiera saludarla, se alejó a paso rápido.
Entró rápidamente y encontró a su tía llorando en el sofá, mientras su abuela abrazaba a su prima, ambas con los ojos llorosos.
La sala era un completo desastre.
Temiendo que la abuela o la niña se lastimaran con los destrozos, Elena se apresuró a recoger todo y a limpiar el piso antes de prepararles algo de comer.
Después de comer, su prima acompañó a su tía a tomar una siesta.
La abuela tomó a Elena de las manos y le dijo en voz baja:
—Todo esto pasa porque Carmen es demasiado terca. Vive metida en el hospital y casi no pisa la casa, por eso su marido se fue con otra. Ahora quiere divorciarse y echarlo de la casa. Como él no acepta, ella arma un escándalo. Yo digo que, si el hombre ya quiere volver, lo mejor sería perdonarlo y tratar de seguir adelante. Tu tía no entra en razón. ¿Quién va a fijarse en ella si se queda sola con una hija?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....