Al escucharla, Elena no estuvo de acuerdo en absoluto.
—Abuela, él fue el que se equivocó. Si mi tía quiere divorciarse, ¿por qué lo defiendes a él?
La anciana le apretó las manos y respondió de mal humor:
—¿Divorciarse? Como si fuera así de fácil. Tu prima sigue estudiando, la escuela cuesta un dineral y tu tía apenas saca la casa con su sueldo. Encima todavía están pagando la hipoteca. ¿Cómo no va a necesitar a su marido?
—Aunque sea así, él fue quien la engañó. Si mi tía sigue con él, se la va a pasar sufriendo. Es mejor cortar por lo sano.
—Ay, todos los hombres son iguales. Además, tu tía solo tuvo una niña y ya no quiso tener más. En esa casa hace falta un varón.
Y para acabarla, me trajo a vivir con ella, mientras que a la otra señora la dejaron allá en su casa. Con razón su marido está molesto. Al final, la culpa es mía. Mejor me regreso de donde vine.
Al recordar a su hijo mayor, que había fallecido joven, a la abuela se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.
Si su hijo siguiera vivo, no tendría que andar pensando en quién vería por ella cuando envejeciera; depender de su hija siempre le había pesado.
Elena sabía que su abuela seguía atrapada en las ideas anticuadas de su época, y aunque rara vez lograba hacerla entrar en razón, no pudo evitar responder:
—Abuela, tener niño o niña es exactamente lo mismo, cualquiera puede cuidar de sus padres. Además, fue la suegra de mi tía la que no quiso venir a cuidar a mi prima en primer lugar, por eso te pidieron ayuda a ti.
Ahora tú haces todo el quehacer, llevas y traes a la niña de la escuela... haces muchísimo por ellos, así que lo mínimo es que vean por ti. Si la otra señora hiciera la mitad de lo que tú haces, mi tía no se llevaría tan mal con ella.
—¡Ay, niña, no digas tonterías! —la reprendió.
La abuela continuó sermoneándola:
—Elena, no vayas a salir terca como tu tía. Una mujer casada tiene que ser más suave y servicial. Toma el matrimonio de Carmen como ejemplo de lo que no debes hacer. Tienes que cuidar bien de tu casa y apurarte a darle un hijo a Diego, no andes con esas modas de no querer tener hijos. Si tienes un hijo, tu matrimonio se va a estabilizar y tu marido solo tendrá ojos para ustedes...
—Adriana estaba quemando unas fotos en la tarde y accidentalmente prendió las cortinas del cuarto de visitas. Por suerte llegué a tiempo y no pasó a mayores. Pero ahora ese cuarto no se puede usar, y como trae el tobillo lastimado... la única recámara que queda en la planta baja es la principal. ¿Qué te parece si nos vamos a dormir arriba y le dejamos nuestro cuarto?
Cuando regresó esa tarde y vio a Adriana sola en la habitación, quemando fotos de los dos y llorando sin consuelo, algo dentro de él se vino abajo.
Adriana estaba embarazada y emocionalmente vulnerable, y él se sintió tan culpable que decidió quedarse a acompañarla, olvidándose por completo de su promesa a Elena.
Elena volteó a ver a Adriana y pensó que la mujer no podía ser más descarada.
No solo se le había metido a la casa, sino que ahora pretendía quedarse con su recámara.
Miró a Diego y le dijo con un tono sarcástico:
—Ya que estamos repartiendo mis cosas, ¿por qué no mejor le cedo a mi esposo también?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....