El rostro de Diego se endureció de inmediato.
—Elena, ¿por qué tienes que ser tan hiriente? A fin de cuentas, a Adriana la conocemos desde que era una niña...
Adriana se apoyó en el sofá para ponerse de pie, con los ojos llenos de lágrimas.
—Olvídalo, mejor me voy a otra parte.
Al ver que hacía el ademán de irse, Diego se apresuró a detenerla.
—Ya es tardísimo, estás sola y con el pie lastimado, ¿a dónde crees que vas a ir?
Ella bajó la mirada, fingiéndose afligida, y guardó silencio.
Él volteó hacia Elena, con un tono evidente de molestia:
—Yo pagué esta casa con mi dinero, así que creo que tengo el derecho de decidir quién duerme en la recámara principal. Tú no tienes voz ni voto en esto.
A Elena le pareció el colmo del cinismo.
Cuando recién se habían casado, él le había jurado que todos sus bienes eran compartidos y que ella podía disponer de ellos como quisiera.
Y ahora resultaba que ni siquiera podía decidir sobre una maldita recámara.
Estaba harta.
Ya no pensaba tolerar más esa situación. Dio media vuelta, caminó hacia la entrada y comenzó a ponerse los zapatos para salir.
Diego frunció el ceño, irritado.
—¿Qué estás haciendo?
Ella lo miró con una frialdad absoluta, como si hablara con un extraño:
—Puesto que tú compraste esta casa y yo no tengo derecho a opinar, entonces me largo a otro lado.
Diego se quedó pasmado. Hacía muchísimo tiempo que no la veía hacer un coraje así.
Desde que se casaron, ella siempre había sido tan complaciente que a él ya se le había olvidado que, antes de la boda, Elena también tenía un carácter fuerte y obstinado.
Suspiró con frustración y se acercó para intentar calmarla:
—Es solo un cuarto, ¡por Dios! No tienes que ponerte así. Conocemos a Adriana desde hace años, ¿en serio no puedes tener un poquito de empatía?
Elena estaba exhausta emocionalmente. Sin ganas de seguir discutiendo, se dio la vuelta y salió por la puerta.
—¡Elena!
Diego iba a salir tras ella, pero un grito de dolor a sus espaldas lo detuvo en seco.
Al voltear, vio a Adriana tirada en el piso, derramando lágrimas, con una expresión de pura fragilidad.

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