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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 14

Elena siempre había sido muy celosa de su intimidad; ni siquiera permitía que la señora del aseo entrara a su recámara, ella misma la limpiaba. Ahora que él había metido a otra mujer a su cama, no era de extrañarse que hubiera reaccionado así.

Suspiró y miró a la chica.

—Adriana, mañana mandaré a que arreglen el cuarto de visitas, va a ser mejor que duermas allá.

Después de todo, Elena había sido la primera mujer que amó y todavía le importaba. Sabía que tendría que bajarle dos rayitas y buscar la forma de hacerla volver.

Adriana se mordió el labio, tragándose los celos, y dijo con tono de víctima:

—Ya sé que volví a hacer enojar a Elena. En cuanto regrese, le pediré perdón.

Pero también me duele verte así, mi amor. Tú te matas trabajando para que ella pueda darse la gran vida. Si yo estuviera en su lugar, haría lo que fuera con tal de no darte dolores de cabeza.

En cambio, ella te hace sus berrinches, te levanta la voz y encima se va de la casa. ¿No crees que es porque la tienes demasiado consentida? Por eso cree que puede hacer lo que se le dé la gana.

Al escucharla, Diego se quedó pensativo.

Todos sus amigos que se habían casado con mujeres de origen más sencillo eran tratados como reyes en sus propias casas.

Solo él la había tratado como reina, evitando que batallara en lo más mínimo y pendiente siempre de lo que sentía.

Y el resultado era que ahora ella se atrevía a armarle esos panchos. Seguramente Adriana tenía razón: la había mimado de más.

Se le fueron las ganas de salir a buscarla. Lo mejor era dejar que se enfriara sola. En cuanto entendiera quién sostenía la vida que llevaba, volvería por su cuenta a pedir perdón.

***

A la mañana siguiente, Elena se levantó, se maquilló, se puso un traje sastre impecable y se dirigió a la oficina con energías renovadas.

Era su primer día de regreso al mundo laboral después de cinco años; no iba a dejar que un par de sinvergüenzas le arruinaran el ánimo.

El tráfico de la mañana estaba pesadísimo.

Al ver que ya faltaban un par de calles para llegar, decidió pagarle al taxista y caminar el resto del trayecto.

En el camino, vio cómo una anciana que caminaba por la banqueta se desvaneció de pronto.

La gente alrededor solo se quedó viendo, sin animarse a mover un dedo.

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