El espejo reflejaba un rostro atractivo y de facciones marcadas.
Era Alejandro.
Al recordar cómo Elena lo había estado llamando «profesor Domínguez» hacía unos momentos, no pudo evitar soltar una carcajada.
De verdad no lo había reconocido.
Gabriel era el segundo nombre que le había puesto su abuelo, así que era lógico que ella no lo relacionara con él.
***
A la noche siguiente, en cuanto salió de trabajar horas extras, Elena se dirigió a toda prisa al club de esgrima.
Como no tenía el número de Gabriel, le preocupaba que, si llegaba tarde, él fuera a pensar que se había arrepentido y que ya no tomaría las clases.
Al llegar a los elevadores del edificio, Elena se topó con Alejandro e Isidora.
Sintió una punzada de arrepentimiento; si hubiera sabido que se los iba a encontrar allí, habría esperado un poco más.
Isidora le preguntó con una sonrisa encantadora:
—¿A dónde vas, Elena? Te ves muy apurada.
A Elena no le quedó más remedio que entrar al elevador, y respondió con tono neutral:
—Quedé con alguien para hacer ejercicio y se me está haciendo un poco tarde.
—¿Vas a encontrarte con Diego? —preguntó Isidora—. Qué buena relación tienen. Le están echando tantas ganas a lo de tener un bebé que hasta ya empezaron a hacer ejercicio.
A Elena le dio pereza darle explicaciones, así que simplemente se quedó en silencio mirando los números de la pantalla del elevador.
Al escuchar que iba a hacer ejercicio, Alejandro se había alegrado un poco.
Pero en cuanto escuchó que era para prepararse para un embarazo, toda esa satisfacción se desvaneció de golpe.
«¿Acaso ya se le olvidó todo el daño que le hizo Diego? Y encima todavía quiere tener un hijo con él», pensó.
Al llegar a la planta baja, Elena se despidió de prisa:
—Tengo que irme, los dejo. Que tengan buena noche.
Y dicho eso, se alejó a paso rápido.
Isidora miró a Alejandro con una sonrisa.
—Alejandro, ¿vamos a cenar juntos?
—Tengo compromisos esta noche. Ve tú —respondió él con frialdad.
Esa noche, Adriana estuvo insistiendo tanto para que Diego la llevara a cenar.
Él tenía planeado ir a buscar a Elena, pero ante tanta insistencia, no le quedó de otra más que aceptar.
Fueron a un restaurante y, al notar que él estaba allí por compromiso, Adriana se irritó y no dejó de quejarse con los meseros.
A Diego le frustraba darse cuenta de que últimamente el carácter de Adriana estaba cada vez peor.
Él se había sentido atraído por ella porque solía mostrarse comprensiva y dulce. Ese cambio de actitud lo había tomado por sorpresa.
Entonces, volvió a pensar en Elena.
Habían estado juntos durante muchos años y ella siempre había tenido un carácter excelente.
Aunque hace poco se había portado algo distante, últimamente había vuelto a ser tan tierna y amable como siempre.
En momentos así, no podía evitar pensar que una mujer como Elena habría sido más adecuada para construir una vida en común.
Sin embargo, Adriana era la que le iba a dar un hijo, y si él quería un heredero, no le quedaba más opción que casarse con ella.
Al pensar en eso, el arrepentimiento volvió a asomarse.
Al final de cuentas, no existía la mujer perfecta en este mundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....