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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 159

Diego se giró hacia Elena con una sonrisa de satisfacción.

—Ya ves cómo te consiente mi mamá.

Elena soltó una carcajada irónica en su mente.

Si ella no le fuera útil a la familia Romero, ¿de verdad le estarían poniendo esa cara de amabilidad?

Elena no tenía la menor intención de regresar a la casa con Diego, así que volvió a usar la excusa de ir al hospital a acompañar a su abuela.

—¿Cuándo vas a mudarte de regreso? —le soltó Diego de pronto.

Ya habían discutido ese tema demasiadas veces.

Harta de lo mismo, Elena lo miró con fastidio.

—El día que corras a Adriana de la empresa, ese día regreso.

Sabía perfectamente que él jamás lo haría. Solo le estaba poniendo una condición imposible para que la dejara en paz con el asunto de la mudanza.

Lo necesitaba para seguir con la farsa del matrimonio feliz frente a su abuela, pero eso estaba muy lejos de querer volver a ser su esposa de verdad.

La deuda que tenían pendiente no se iba a borrar con un par de favores.

Diego suspiró con resignación.

—Entiendo que los chismes de la gente te hagan dudar de mi relación con Adriana, pero te juro que las cosas no son como tú piensas. Estos celos tuyos de verdad que no tienen sentido.

Al ver la expresión gélida de Elena, no se molestó. De hecho, le pareció hasta tierno.

«Qué terca es», pensó. «Se hace la dura, pero en el fondo tiene un corazón blando».

Decía que no regresaría por culpa de Adriana, pero ahí estaba, partiéndose el lomo por el Grupo Romero.

Para él, no había duda: Elena seguía profundamente enamorada de él.

Con ese pensamiento reconfortante, decidió no presionarla más y la llevó al hospital.

***

Después de visitar a su abuela, Elena tomó un taxi a su departamento.

Lucía la llamó por teléfono para exigirle que continuara gestionando el proyecto con el Grupo Valverde. Elena la ignoró por completo.

Al no recibir respuesta, Lucía le mandó un mensaje de texto:

[Si cierras el proyecto, te pago. Ponle precio.]

Si había dinero de por medio, la cosa cambiaba.

Si Adriana de verdad fuera capaz de manejar el proyecto, ¿acaso Lucía le habría pagado una fortuna a ella para que lo salvara?

Y hablando de eso, ¿cómo era posible que Diego confiara ciegamente en Adriana para algo tan importante?

¿De verdad el amor lo tenía tan ciego como para poner en riesgo un negocio de esa magnitud?

En ese momento, la recepcionista colgó el teléfono y se dirigió a Adriana:

—Señorita Castillo, el director Molina me informa que no tiene tiempo para recibirla.

Adriana frunció el ceño, indignada.

—¿Está segura de que escuchó bien? El director Molina ya había aceptado colaborar con nosotros. Yo estoy a cargo de este proyecto y vengo a discutir los detalles. ¿Por qué no habría de recibirme?

La recepcionista, que estaba acostumbrada a lidiar con todo tipo de berrinches, mantuvo su sonrisa institucional.

—Eso ya no me corresponde a mí saberlo. ¿Por qué no intenta comunicarse con él directamente?

Adriana empezó a temblar de rabia.

Si pudiera contactarlo directamente, ¡no llevaría media hora plantada en la recepción!

Elena esbozó una leve sonrisa. Era justo lo que esperaba: aquella mujer no estaba a la altura, y solo Diego podía empeñarse en tratarla como a una genio. Cualquiera con un conocimiento básico del negocio advertiría su incompetencia.

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