Le hizo un gesto con la mano al vicepresidente Montoya:
—Puedes retirarte.
Una vez que el vicepresidente Montoya salió, Adriana comentó:
—El vicepresidente Montoya suele ser muy exigente con el trabajo y rara vez reconoce a alguien. No esperaba que Elena lograra que la elogiara, se nota que tiene mucho encanto.
Lo dijo con la clara intención de insinuar que Elena usaba sus atributos físicos para ganarse a la gente.
Al escuchar eso, Diego sintió un malestar sordo que no supo cómo nombrar.
—Conozco bien a Elena —le respondió a Adriana—, no es esa clase de mujer. Seguro el vicepresidente Montoya la elogió por respeto a mí.
Él había sido el primer hombre de Elena. Después de casarse, toda la atención de ella había girado en torno a él; le resultaba imposible imaginar que pudiera mirar a otro.
Al mediodía, Elena dejó los documentos a un lado y se preparó para ir a comer a la cafetería de la empresa.
Apenas llegó al pasillo, se encontró con el director León, del departamento de ventas. Él había entrado a trabajar al Grupo Romero hacía medio año y aún no sabía de su relación con Diego.
Al ver a Elena, la saludó con una sonrisa: —Qué coincidencia, directora Navarro. ¿Vamos a comer?
Elena asintió con cortesía.
Al notar que era de carácter tranquilo, el director León buscó un tema de conversación y empezó a platicarle sobre las ventas de la empresa.
Casualmente, eso era algo que a Elena le interesaba saber, así que se puso a platicar con él.
Adriana vio la escena de los dos caminando juntos.
Soltó un bufido, tomó una foto y se la mandó a Diego con un mensaje: [Vaya que Elena no pierde el tiempo; apenas es su primer día en la empresa y ya hay quien la invite a comer.]
Cuando Diego vio la foto, sintió que algo se le tensaba por dentro.
Elena era hermosa.
Era de esa belleza que te dejaba sin aliento a primera vista.
De no ser así, él no se habría sentido atraído tan fácilmente en un principio.
Si cinco años atrás había insistido tanto en que renunciara y se quedara en casa, era porque no soportaba la idea de que otros hombres la codiciaran.
Para él, Elena era suya, y nadie más tenía derecho ni a mirarla.
De inmediato le marcó a su celular. Pero como su número seguía bloqueado, no le quedó más remedio que llamarle por la extensión de la oficina.
Elena era suya, y no iba a permitir que otro hombre se le acercara de más.
Elena le respondió con sarcasmo:
—¿Qué quiere decir con eso, director Romero? Vine a trabajar; platicar de asuntos laborales con mis compañeros es lo más normal del mundo, ¿no? No sé por qué a sus ojos eso se convierte en coqueteo. Yo más bien le preguntaría a usted, director Romero, ¿qué significa que esté compartiendo la comida con Adriana?
Diego no podía creer que, en lugar de reconocer su error, Elena se atreviera a cuestionarlo.
Antes siempre había sido dócil y obediente, ¿qué mosca le había picado hoy?
¿Acaso seguía enojada por lo de ayer?
Al fin y al cabo, pensaba él, una discusión entre marido y mujer no debía alargarse tanto.
Adriana bajó el tenedor y se apresuró a explicarle:
—Todo es culpa mía por antojada, Elena, no lo malinterpretes. Solo veo a Diego como si fuera de mi familia, por eso no me cuidé de guardar las apariencias aquí en la oficina...
Elena la miró fijamente y replicó:
—¿O sea que solo en la oficina se acuerdan de guardar las apariencias?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....