Adriana puso cara de asustada, agachó la cabeza y no se atrevió a decir nada más.
A Diego le molestó aún más ver lo respondona que se había vuelto Elena.
—¿Por qué te pones así con Adriana? Tenemos tanta confianza que es prácticamente de la familia, ¿qué tiene de malo que coma conmigo? En cambio tú, no sabes mantener tu distancia con otros hombres. Me parece que te he consentido demasiado, por eso te estás portando de forma tan irracional.
Elena sintió que era imposible razonar con él. Al ver que no la había llamado para hablar de trabajo, sino para hacerle un berrinche por tonterías, dio media vuelta dispuesta a irse.
Diego se levantó rápido y la agarró del brazo.
Notó el traje sastre rosa que delineaba su figura. Llevaba el cabello recogido, con el cuello y la línea de los hombros al descubierto. Se veía distinta a lo habitual, y de pronto se le fueron las ganas de seguir discutiendo.
Soltó un suspiro.
—Sé que me estás haciendo un berrinche a propósito por lo de ayer, pero ya te lo expliqué, no entiendo por qué te cierras. Hagamos algo, los dos cedemos un poco y hacemos las paces, ¿te parece?
En esas últimas dos semanas, aunque había estado todo el tiempo con Adriana, el embarazo la obligaba a guardar distancia.
Ver ahora a Elena tan distinta y tan atractiva hizo que el deseo se le despertara de golpe.
Elena tampoco quería llevar las cosas al límite dentro de la empresa; a fin de cuentas, necesitaba su permiso si quería revisar el estado financiero y operativo.
No le quedó de otra que suavizar su actitud y acompañarlo a sentarse en el sofá.
Diego le pidió a su asistente que trajera otra comida.
Al ver que era el mismo platillo que estaba comiendo Adriana, a Elena se le quitó por completo el apetito, pero como tenía que trabajar por la tarde y estar sin comer le provocaría náuseas por el embarazo, se obligó a dar un par de bocados.
Convencido de que ya había logrado calmarla, a Diego se le dibujó una leve sonrisa.
Lo sabía: Elena no estaba más que celosa de Adriana, y bastaban un par de palabras suaves para traerla de vuelta a su lado.
Durante esos cinco años de matrimonio, le había quedado más que claro cuánto lo amaba.
Estaba convencido de que ella no podría vivir sin él.
Elena notó la mirada de su esposo y sintió asco, pero hizo un esfuerzo por disimularlo.
En ese momento, sonó su celular. Era su suegra, Beatriz.
—Elena, me dijo el doctor Cruz que no has ido a la clínica a ponerte tus inyecciones últimamente. ¿Acaso ya no quieres darle un hijo a Diego?
El doctor Cruz, el encargado de su tratamiento, había sido recomendado por Beatriz.

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