Elena lo miró de reojo.
—Tu mamá habrá hecho mucho por ti, pero jamás ha movido un dedo por mí. Tú le aguantarás su mal genio, pero yo no tengo ninguna obligación de hacerlo. Si ella me respeta, yo la respeto. Pero si me pone malas caras, ya no se la voy a pasar. Y si siente que no doy el ancho como nuera, pues ya no iré a su casa a darle molestias.
—¿Qué estupideces dices? —Diego empezó a enojarse de verdad—. ¡Ay, por favor! ¿En qué cabeza cabe que una nuera no le tenga respeto a su suegra? Elena, ¿no te das cuenta de que al decir eso me rompes el corazón?
Elena se puso de pie, se acomodó la ropa y le dijo:
—Que cada quien respete a su propia madre. Director Romero, tengo que ir a trabajar, con permiso.
Y salió de la oficina.
Diego estaba que se lo llevaba el diablo del coraje.
A su lado, Adriana aguantaba la risa tanto que le dolía el estómago.
Nunca imaginó que Elena fuera tan estúpida. Ella solo había tenido que mostrarse un poco cariñosa con Diego para que perdiera los estribos, le armara un escándalo e incluso se atreviera a pelearse con Beatriz. ¿Acaso no le daba miedo que la corrieran a patadas?
Aunque por dentro se burlaba, por fuera fingió compadecerlo.
—Diego, Elena es demasiado inmadura. Te matas trabajando para mantenerla y todavía no se conforma. Ya te había dicho que no debías ir a buscarla tan rápido; si no, se va a creer la dueña del mundo.
En ese momento, Diego sintió que Adriana tenía toda la razón.
No debió haber rebajado su orgullo para ir a rogarle; por eso sus berrinches eran cada vez peores.
Al ver que su rostro se endurecía, Adriana supo que le había dado en el clavo y continuó:
—Yo digo que deberías darle una lección a Elena y congelarle todas las tarjetas. Como está tan acostumbrada a gastar a manos llenas, no va a aguantar sin que tú la mantengas y va a regresar corriendo a pedirte perdón. Así no solo no tendrás que andar rogándole, sino que de paso aprenderá a ser obediente.
Diego, ciego de coraje, pensó que era una gran idea. Tomó su celular y le ordenó a su asistente que cancelara todas las tarjetas de Elena.
Al salir del trabajo, Elena planeaba irse directo a su departamento.
De pronto recibió una llamada de su tía.
—¡Elena, qué tragedia! —se escuchaba desesperada—. Tu abuela se cayó de una silla mientras limpiaba la casa y ahora está internada. Hoy me toca turno y todavía tengo dos cirugías, no me puedo escapar para verla. ¡Vete rápido al hospital a revisarla!
Su tía era enfermera y vivía corriendo de un lado a otro. Pero esta vez, cuando la emergencia golpeó a su propia familia, el miedo la dejó sin saber qué hacer.
Después de calmarla un poco, Elena tomó un taxi a toda prisa rumbo al hospital.
Su abuela estaba recostada en la camilla, pálida e inconsciente.

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