Elena dudó por un segundo si contarle o no su situación, pero su abuela necesitaba la cirugía urgente y el tiempo corría en su contra. Así que se lo pidió con toda franqueza: —Mi abuela se cayó y necesito pagar su operación. Me faltan treinta mil pesos, ¿crees que me los podrías transferir ahorita?
Temiendo que pensara que era una estafa, agregó rápido:
—Si quieres te mando mi credencial de elector y te firmo un pagaré. De verdad, confía en mí, te juro que te pago...
Él fue directo al grano:
—Pásame tu número de cuenta.
Los treinta mil pesos se reflejaron de inmediato.
Elena le dio las gracias y corrió a liquidar la cuenta del hospital.
Durante las dos horas que pasó en la sala de espera, la angustia no la soltó ni un segundo.
No quería ni imaginarse qué sería de ella si a su abuela le pasara algo.
Aunque su abuela era de mentalidad muy anticuada, siempre la había adorado.
Elena no tenía papás, pero nunca le faltó nada comparada con las otras niñas.
Su ropa siempre estaba limpia y a la medida.
Siempre la peinaba con esmero.
Si se le antojaba algo, su abuela hacía lo imposible por conseguírselo.
Cuando otros ancianos la veían, se burlaban de su abuela: «¿Para qué le das tanto si al final es una niña? El día que se case se va a ir con otra familia. Mejor cría a uno de tus sobrinos para que alguien vea por ustedes cuando envejezcan».
Pero su abuela siempre respondía: «Es mi nieta, ¿quién más la va a querer si no soy yo? Si crío al hijo de otro, ¿quién me asegura que me va a querer igual? Mi viejo y yo preferimos dejarle nuestros centavos a nuestra nieta que a cualquier aparecido».
Todos decían que estaba loca, pero a ella nunca le importó. Siguió cuidándola como lo más valioso de su vida.
Al ver a la anciana acostada en la cama, moviéndose inquieta y frunciendo el ceño por el dolor, la culpa le cerró la garganta.
Si tan solo no se hubiera casado con Diego recién salida de la universidad, si hubiera elegido trabajar duro, ahorita tendría para darle una buena vida a su abuela y pagarle sus tratamientos.
Se arrepentía en el alma de haberse dejado llevar por el amor y haber tirado a la basura su independencia.
De repente, se escuchó un alboroto en la cama de al lado.
Resulta que dos hombres se estaban peleando por quién iba a pagar la operación de su familiar y quién se iba a quedar a cuidarlo.
La discusión subió de tono hasta que llegaron a los golpes y empezaron a aventarse cosas.
Por miedo a que le dieran a su abuela, Elena la cubrió con su cuerpo.
En ese instante, un termo salió volando directo a la espalda de Elena.
Elena ni cuenta se había dado del peligro que corría cuando, de pronto, sintió cómo una sombra la envolvía por completo.
Un inconfundible aroma a cedro llegó a su nariz.

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