Elena sintió un vuelco angustioso y se dirigió al hospital de inmediato.
Su tía y Diego estaban esperando afuera del quirófano.
Pálida del susto, Elena preguntó:
—¿Cómo está mi abuela?
Su tía tenía una mirada llena de angustia.
—Aún no sabemos, tenemos que esperar a que termine la cirugía.
La anciana ya estaba en la etapa final de una insuficiencia hepática, y ni los médicos podían decir con certeza cuánto tiempo le quedaba.
Elena miró hacia las puertas del quirófano con los ojos llorosos. Tenía terror de no volver a ver a su abuela con vida.
Al verla así, Diego le tomó la mano.
—Elena, tranquila, te aseguro que tu abuela va a estar bien. Aquí estoy yo, no te voy a dejar sola.
En ese momento, Elena no tenía cabeza para pensar en los problemas entre ellos. Lo único que le importaba era que su abuela saliera a salvo.
Dos horas después, sacaron a la abuela Navarro en una camilla.
Elena se acercó corriendo, con las manos temblando al ver los ojos cerrados de la anciana.
—¿Cómo salió todo, doctor? —preguntó Diego.
El médico respondió:
—La paciente lleva mucho tiempo con insuficiencia hepática. Si en las próximas 24 a 72 horas no da señales de recuperar la conciencia o si el edema cerebral empeora, los familiares deben prepararse para la posibilidad de que quede en coma o de que no despierte en absoluto.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Elena.
Apretó la mano de su abuela, con una angustia que apenas podía soportar.
Elena se quedó en el hospital cuidándola durante dos días seguidos. Al tercer día, la anciana por fin abrió los ojos.
Al ver a Elena y a Diego junto a su cama, les dedicó una sonrisa llena de cariño.
Elena le apretó la mano y, llorando de alivio, le dijo:
—Abuela, qué susto me diste.
Menos mal que había despertado.
Elena, sin ganas de discutir en el hospital, suspiró con cansancio.
—Ya te lo he dicho muchas veces. Solo pensaré en volver si despides a Adriana.
Diego soltó un suspiro. Con resignación, le rozó la punta de la nariz suavemente.
—De verdad que eres muy terca. Está bien, haré lo que pides. Haré que Adriana renuncie.
Elena lo miró con escepticismo.
No podía creer que Diego realmente fuera a despedir a Adriana. Además, conociendo el carácter de ella, era imposible que aceptara irse tan fácil.
Diego sonrió.
—¿No me crees? Pues ya lo verás. Te mandaré la carta de renuncia de Adriana para que te convenzas.
Últimamente, Adriana había estado yendo al hospital por el estrés del trabajo y sus cambios de humor. Tras pensarlo mucho, había decidido pedirle que dejara de trabajar un tiempo para descansar en casa por el embarazo. Una vez que tuviera al bebé, podría reincorporarse.
Además, podía usar esa situación a su favor para convencer a Elena de volver a casa.
Elena se había estado esforzando muchísimo en los proyectos del Grupo Romero últimamente, así que estaba seguro de que aún lo amaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....