Si lo único que ella necesitaba era una excusa para ceder, él se la daría.
Elena se quedó callada. Justo cuando no sabía qué responder, Diego continuó:
—Ya basta, deja de comportarte así. Antes no eras así conmigo. Me gustaba más la Elena de antes; era mucho más dulce.
Al decir eso, intentó acercarse para abrazarla.
Llevaba mucho tiempo sin tener intimidad con ella y lo echaba de menos.
Aunque Adriana era más sensual que Elena, con el tiempo la rutina también aburría. Y con ella en los primeros meses de embarazo, tampoco podía hacer gran cosa.
Llevaba demasiado tiempo reprimiéndose y terminó por volver a desear a Elena. Incluso las cicatrices que antes le incomodaban dejaron de importarle.
—Vuelve a casa esta noche —murmuró—. Podríamos intentarlo de nuevo. Si tu abuela supiera que estás esperando un hijo, seguro le haría muchísima ilusión.
Elena se apartó de su toque, sintiendo unas enormes ganas de vomitar.
¿Por quién la tomaba? ¿Una simple herramienta para desahogarse? ¿O una muñeca sin cerebro ni emociones? ¿Creía que con decirle un par de cosas bonitas ella iba a volver corriendo a sus brazos?
—Diego, ya te lo dije, no voy a volver. Y no creas que soy estúpida, sé perfectamente que Adriana y tú no son solo jefe y empleada...
Antes de que pudiera terminar, sonó el celular de Diego. Era Lucía.
Al escuchar lo que le decían, colgó con una expresión seria.
—Tengo que ir a la empresa —le dijo a Elena—. Piénsalo bien. Si no te quisiera de verdad, no habría aguantado tanto por ti y por tu abuela.
Al ver que ella seguía sin decirle nada, sacudió la cabeza con un suspiro y se marchó apresuradamente.
Cuando Elena volvió a la habitación, su abuela le dijo:
—A Diego se le olvidaron unos papeles en el sillón. Ve a alcanzárselos, ándale.
Solo porque Diego la había ayudado esos días, Elena agarró la carpeta y salió de la habitación.
Lloró un rato antes de obligarse a sí misma a calmarse. Se limpió las lágrimas y regresó a la habitación.
Su abuela se había quedado dormida otra vez.
Al ver las marcas de las agujas en las manos arrugadas y el rostro demacrado de la anciana, Elena apretó los dientes.
Tenía que cambiarla de hospital.
Pero si Diego tenía a todo el hospital comprado, ¿cómo se suponía que iba a sacarla de ahí?
En ese momento, le vino a la mente el rostro de Alejandro.
La única familia con el poder suficiente para enfrentarse a los Romero eran los Vargas.
Con las manos temblorosas, buscó el número de Alejandro y le marcó.
Alguien contestó, pero la voz al otro lado de la línea no era la de él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....