Elena regresó a la habitación del hospital.
Su tía y su prima pequeña ya habían llegado.
Su tía estaba peinando a su abuela y limpiándole la cara y las manos.
La niña de ocho años, mientras le hacía plática a la anciana, se acercó a la zona lastimada y dijo:
—Abuela, te soplo para que ya no te duela.
La abuela soltó una carcajada, enternecida.
—Ay, mi niña, ya hasta sabes cuidar a tu abuela.
La pequeña respondió con mucha seguridad:
—Abuela, cuando sea grande y trabaje para ganar dinero como mi mamá, también te voy a mantener.
La anciana suspiró.
—¿Y para qué quieres vivir tan matada como tu mamá? Una mujer también tiene que pensar en su casa y en los suyos...
La tía quiso decirle que dejara de ser tan anticuada, pero al verla enferma, prefirió no decir nada.
Como hacía un buen día, Elena consiguió una silla de ruedas y sacó a su abuela a tomar el sol.
La anciana seguía con su cantaleta:
—Y luego tu tía... Le pregunto cómo van las cosas con tu tío y, con lo terca que es, se le nota a leguas que no quiere dar su brazo a torcer. Dime tú, ¿qué gana con el divorcio? Vivir en pareja se trata de ceder un poco de ambas partes, ¿o no?
Elena, mientras le acomodaba la bufanda a su abuela, no pudo evitar salir en defensa de su tía:
—Pero en este matrimonio, la que siempre ha cedido es ella. Y ahora que él cometió un error imperdonable, ¿todavía quieres que siga agachando la cabeza? Ella también es tu hija, ¿no te duele verla sufrir?
—En un matrimonio nadie la tiene fácil. A veces toca aguantar y ceder un poco para que la familia no se venga abajo. No tiene hermanos ni sobrinos; si se divorcia, ¿en quién se va a apoyar? Y en parte también es su culpa, ¡por no haberle dado un hijo varón!
Elena pensó en Diego.
De pronto, entendió perfectamente a su tía. Que un hombre usara el pretexto de querer un hijo varón para poner los cuernos era simplemente asqueroso.
La abuela le preguntó de repente:
—Por cierto, ¿Diego ha estado muy ocupado? En estos días no ha venido a verme.
Al notar que Elena dudaba en responder, la anciana se preocupó.
—No me digas que se pelearon... Elena, no tienes que venir al hospital a cada rato, no necesito que me cuides todo el tiempo. Mejor dedícale ese tiempo a Diego; a los maridos hay que traerlos cortitos.
Como su nieta se había casado con alguien de mucho dinero, siempre temió que la familia de su esposo la hiciera menos.
Elena esbozó una sonrisa cargada de ironía.
Con Adriana a su lado, a Diego ni se le cruzaba por la mente pensar en ella.
Sin embargo, para no alterar a su abuela, trató de calmarla:
—No pasa nada, Diego ha tenido mucho trabajo últimamente. En cuanto se desocupe, vendrá a verte.
Tenía planeado contarle sobre el divorcio, pero prefería esperar a que estuviera mejor de salud.
Aun así, la anciana se quedó intranquila; con todo el asunto del divorcio de su hija, ahora estaba con los nervios de punta por cualquier cosa relacionada con su nieta.
—Márcale a Diego —le pidió—. Pregúntale si está muy ocupado y si puede hacerse un tiempito para venir.
Para no preocuparla, Elena sacó su celular y llamó a Diego.
Esta vez, la llamada sí entró.
La noche anterior, él había salido a tomar con unos amigos y su celular se había apagado.

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