La anciana Vargas se impacientó al ver que su nieto no dejaba de mirar su reloj de pulsera.
¡Qué tanto le veía a ese maldito reloj!
¿Qué asunto podía ser tan urgente como para ser más importante que buscarse una esposa?
Entre más lo pensaba, más coraje le daba, así que directamente le desabrochó el reloj de la muñeca y se lo quitó.
Alejandro, al ver la reacción de su abuela, sonrió con resignación.
—Abuela...
La anciana Vargas se guardó el reloj en el bolsillo y le reclamó:
—¡Me choca que seas igualito a tu abuelo y a tu papá! Parecen maquinitas que nada más piensan en trabajar a todas horas. ¿Por qué no aprendes a los muchachos de la familia Zamora y de los Ruiz? Búscate una novia de verdad, cásate y ten hijos.
Alejandro iba a mirar el reloj de nuevo para checar si llegaría tarde.
Como su abuela se lo había quitado, no le quedó más remedio que sacar el celular. Vio la hora y respondió:
—Abuela, las prioridades de los jóvenes de ahora son muy distintas. Casarse ya no es una obligación.
A él le gustaba mucho más ver cómo subían los números en sus reportes financieros que la idea de enamorarse y casarse.
—¿Me estás diciendo que ya me quedé en el pasado y no entiendo a los jóvenes? —replicó la anciana Vargas, haciendo un berrinche.
Alejandro solía ser frío con todo el mundo, pero frente a su abuela, mostró una rara expresión de ternura.
Le acarició el cabello canoso y le dijo:
—Abuela, no te voy a obligar a regresar al norte, pero acuérdate de que Iván y Gael tienen que acompañarte cada vez que salgas. Bueno, ya me tengo que ir en serio. Cuídate mucho.
La anciana Vargas sabía que no podía retener a su nieto adicto al trabajo, así que solo lo vio irse con cara de enojo.
Una vez que Alejandro se fue, la anciana Vargas tampoco quiso quedarse encerrada en la casa, así que le pidió a su chofer que la llevara al hospital.
Elena estaba a punto de ir a una frutería cerca del hospital para comprarle algo a su abuela.
Apenas salió del edificio, se topó con la anciana Vargas.
Al verla, a la anciana se le iluminaron los ojos.
—Elena...
Elena la saludó con una mirada llena de gratitud.
—Señora Vargas, muchas gracias por pedirle a Alejandro que viniera a ayudarme. Le juro que le voy a pagar este favor.
La anciana Vargas le sonrió de oreja a oreja.
—Ay, no me debes nada. Tú me ayudaste primero, era lo mínimo que podía hacer pedirle a mi nieto que te echara la mano.
En esos dos días, ya había mandado a investigar a Elena y sabía que estaba soltera.
No pensaba dejar escapar a una candidata así para su nieto, así que sacó el reloj del bolsillo y se lo dejó en la mano a Elena:
—Toma, este es el regalo de compromiso de mi nieto. Quédatelo.

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