Al día siguiente, Beatriz le pidió a la empleada que le preparara caldo de pollo.
Adriana no quería tomárselo.
Beatriz soltó una risa irónica:
—¿Otra vez con esos caprichos de niña consentida? Cuando Elena vivía aquí, me preparaba caldos y me atendía todos los días. Yo te trato con todas las comodidades, te doy lo mejor y no te dejo hacer nada, ¿y aun así sigues desafiándome?
Adriana ya llevaba un tiempo viviendo ahí y cada vez le parecía más difícil aguantar a Beatriz.
Quería regresarse a su casa, pero Beatriz, por miedo a que le pasara algo a su nieto, no la dejaba ir.
Había intentado de todo sin éxito; su suegra era mucho más terca de lo que se imaginaba.
En ese momento, Diego salió de la recámara luciendo bastante fresco y animado.
Aunque las cosas con Elena no habían salido bien, su carrera atravesaba un gran momento, así que estaba de buen humor.
Al sentarse a la mesa, Diego ni siquiera notó que Adriana tenía los ojos llorosos y simplemente le preguntó:
—¿Por qué no te tomas el caldo? Con tu embarazo, deberías alimentarte mejor.
Adriana respondió con voz apagada:
—No me entra, no quiero.
Beatriz intervino de inmediato:
—¿Qué es más importante, cuidar la figura o el bebé? Adriana, ya vas a ser mamá, tienes que aprender a priorizar.
Diego siempre se ponía del lado de su mamá.
Además, pensaba que, como ella los había criado a él y a sus cuatro hermanas, obviamente tenía más experiencia.
—Adriana, hazle caso a mi mamá, lo dice por tu bien. Ya que nazca el bebé, vas a tener tiempo de sobra para bajar de peso, no es para tanto.
Adriana se sintió completamente sola en ese momento y no pudo evitar que se le salieran las lágrimas.
Diego la miró sin comprender qué estaba pasando, notando cómo le empezaba a doler la cabeza, y le preguntó a su madre:
—¿Todas las mujeres embarazadas se ponen así?
Beatriz le echó una mirada rápida a Adriana y contestó con frialdad:
—Sí, todas son iguales. Ahorita trae las hormonas alborotadas y anda más sensible. Tú no te apures por eso, ya vete a trabajar.
Diego asintió, le acarició el cabello a Adriana y le dijo:
Dos horas después, Elena por fin terminó.
Tenía la garganta reseca, pero al tomar su botella se dio cuenta de que ya estaba vacía.
Enzo se acercó de inmediato y le ofreció un termo:
—Te preparé un té de manzanilla en la mañana, tómatelo para que te refresques la garganta. No te preocupes, el termo es nuevo; lo compré especialmente para ti.
Elena de verdad tenía mucha sed, así que le sonrió y le dio las gracias.
En ese momento, varios de los jóvenes que estaban cerca se acercaron también para ofrecerle pastillas para la garganta y botellas de agua, todos mostrándose especialmente atentos.
A Enzo le molestó profundamente ver aquello.
Era evidente que nadie era indiferente a Elena. Todos parecían sentirse atraídos por ella.
Sin embargo, no se preocupó demasiado; él era el mejor de todo ese grupo y estaba seguro de que Elena no se fijaría en ningún otro.
Elena no supo cómo decirles que no y terminó aceptando un montón de aguas y dulces.
Al mediodía, el director Medina del instituto, la invitó a comer. Adriel, Elías y Enzo también los acompañaron.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....