—Elena. —Él estaba furioso, pero al verla tan hermosa, su enojo se atenuó un poco y su voz se volvió más suave.
Elena lo miró con frialdad y no dijo nada. Diego le preguntó:
—¿Acabas de ir al Instituto Farmacéutico Río?
Elena le respondió con sarcasmo:
—¿Mandaste a alguien a seguirme?
Al ver que siempre le hablaba a la defensiva, Diego se molestó un poco:
—Nadie te está siguiendo. Además, solo me preocupo por ti. ¿No crees que arreglarte de esa manera para llamar la atención de todos ya está fuera de lugar?
Ella era su mujer, y lo hermosa que se veía solo debía ser para él.
A Elena le pareció el colmo y le contestó:
—¿De qué hablas? ¿A quién quiero llamar la atención?
Diego le agarró la muñeca con fuerza y le pasó el pulgar por los labios para limpiarle el labial.
—¡Suéltame! —Elena se puso roja del coraje.
—Antes ni siquiera solías maquillarte, y ahora apareces impecable todos los días. ¿No es evidente que buscas llamar la atención de otros hombres?
Elena no se quedó callada:
—Las mujeres nos arreglamos para sentirnos bien nosotras mismas, no para darle gusto a los hombres. No seas tan egocéntrico.
Le daba asco que la tocara, así que le soltó un fuerte rodillazo.
Diego dejó escapar un sonido ahogado, la soltó de inmediato y la miró, vencido por el dolor.
—Elena, ¿cómo te atreves a hacerme esto?
Elena lo miró con puro desprecio.
—¿Por qué no habría de atreverme? —Sin decirle más, se dio la media vuelta y se fue.
Diego respiró hondo y tuvo que esperar un buen rato hasta que el dolor se le pasó.
En eso, un coche se estacionó a su lado.
La ventanilla bajó, dejando ver el perfil de Alejandro.
Este le echó una mirada rápida a Diego y sonrió con burla.
No entendía dónde había quedado ese hombre que le había jurado que iba a ser el mejor papá del mundo.
Diego la ignoró, se fue directo a su despacho y le cerró la puerta en la cara.
Isabela, que estaba recogiendo los juguetes de su hijo, vio la expresión abatida de Adriana e intentó tranquilizarla con naturalidad:
—Ay, los hombres son así, cero pacientes con los niños. Vete haciendo a la idea de que te va a tocar a ti criarlo y cuidarlo.
Adriana siempre había sido una niña consentida, así que escuchar eso la hizo sentir peor.
Sin embargo, seguía profundamente enamorada de Diego; le había costado demasiado conseguir ese matrimonio y no pensaba renunciar a él tan fácilmente.
Beatriz salió de la cocina trayendo un plato de sopa en las manos.
—¿Ya llegó Diego? Debe de venir agotado; le preparé esto para que recupere fuerzas.
Adriana se acercó rápido.
—Señora, yo se lo llevo. —Agarró el plato, tocó la puerta y entró al despacho.
Diego estaba sentado en su escritorio, viendo unas libretas abiertas que tenía enfrente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....