La abuela Navarro miró a Ariadna, que hacía la tarea en silencio, y sintió que el alma se le encogía.
Con razón la niña andaba tan decaída últimamente, la pobre la estaba pasando mal.
Y todo por culpa de su mamá, que se la vivía trabajando y no se daba cuenta de cómo se sentía la niña.
Suspiró y comentó:
—Pero la colegiatura de esa escuela debe estar por los cielos, dudo mucho que a tu tía Carmen le alcance con su sueldo.
—Abuela, no se preocupe por eso. El dinero no es un problema para mí. Yo me encargaré de pagar la escuela de Ariadna.
La abuela miró a Diego con mucho más cariño.
Aquel muchacho realmente sabía responder con generosidad hacia la familia.
Al ver que ya se había metido a la abuela en la bolsa, Diego se sintió bastante orgulloso.
Sabía perfectamente que Elena era muy terca y difícil de convencer, pero si lograba ponerse de parte de la abuela, todo le resultaría mucho más fácil.
Elena siempre hacía lo que su abuela decía, así que tarde o temprano iba a terminar regresando con él.
Elena miraba a Diego con puro desprecio.
Sabía exactamente qué mosca le había picado y cuáles eran sus intenciones.
De no ser por miedo a alterar a su abuela y perjudicar su salud, ya lo habría echado de allí sin contemplaciones.
Respiró hondo y se aguantó el coraje.
Si se iban a pelear, tendría que ser lejos de la casa de su tía.
Durante la cena, Diego no dejó de hacerse el nieto político perfecto.
Se dirigió a la abuela y le dijo:
—Abuela, mañana por la noche van a ofrecer una fiesta para celebrar mis logros en el trabajo. Quería que Elena me acompañara, pero me dice que está muy ocupada y no puede. Sé que no puedo obligarla, pero me gustaría mucho que hiciera ese esfuerzo por mí. ¿Cree que soy egoísta por pedirlo?
Al escuchar eso, la abuela soltó los cubiertos y miró a Elena con severidad.
—Elena, ya que formas parte de la familia Romero, tienes que aprender a darle prioridad a lo importante. La familia siempre va primero; por más trabajo que tengas, hazte un espacio y acompáñalo a su fiesta.
Tenía miedo de que Elena cometiera los mismos errores que su tía Carmen, que por clavarse tanto en el trabajo descuidó a su familia y terminó arruinando su matrimonio.
Elena forzó una sonrisa y respondió:
—Está bien, iré.
¿No era eso lo que quería?
Pues ya había aceptado.
El celular de Diego vibró.
Era un mensaje de Lucía urgiéndolo a regresar para revisar un contrato.
Le dedicó una sonrisa tierna a Elena y se despidió:
—Bueno, como veo que sigues enojada, mejor me voy y no te llevo. Vete con cuidado, por favor.
Elena ni siquiera le respondió.
A Diego le parecía hasta divertido que estuvieran en esa situación.
Cuando apenas intentaba conquistar a Elena, ella era exactamente igual: obstinada, distante y siempre le decía:
«Lo siento mucho, Diego, pero no quiero casarme ni me interesa tener novio».
Pero, cuanto más lo rechazaba, más deseaba conquistarla.
Y, al final, terminó enamorándose de él.
Revivir un poco de esa vieja dinámica tampoco estaba tan mal.
Al día siguiente, cuando Elena salió del trabajo y vio que Diego estaba otra vez plantado afuera del Grupo Vargas, su expresión se endureció por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....