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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 307

En realidad, quería preguntarle si aún no había superado a Diego, pero al final no se atrevió a decirlo en voz alta.

Elena asintió.

—Sí.

Sentía un profundo asco por Diego, así que no tenía la menor intención de hablar de él.

Al ver que ella no parecía querer seguir platicando, la mirada de Alejandro se ensombreció por un instante. Giró la cabeza y se quedó viendo por la ventana.

Después de dejarla en su casa, Alejandro regresó a la suya.

De inmediato, llamó a Nerea por teléfono.

—Señor Vargas, ¿necesita algo? —preguntó Nerea con cortesía.

«Hoy es domingo», pensó ella. «No puede ser. Que no me vaya a salir con que quiere verme en la oficina en domingo».

La voz de Alejandro sonó fría:

—Esa maceta con orquídeas... ¿ya te deshiciste de ella?

Nerea, sin entender muy bien a qué venía la pregunta, respondió con cautela:

—Me la llevé a mi casa, la voy a tirar a la basura al rato.

—No la tires —ordenó Alejandro—. El lunes llévala de regreso a la empresa y ponla en mi escritorio.

Nerea se quedó sin palabras.

Esa actitud tan cambiante del señor Vargas era realmente incomprensible.

De pronto, recordó que cuando había salido de la empresa con las orquídeas, Elena parecía haberla visto.

Si ese era el caso, seguro que había habido un malentendido.

Estaba a punto de advertirle al señor Vargas, pero él ya le había colgado.

Nerea suspiró. «Bueno, esto no es culpa mía. Si la señorita Navarro decidió marcarle distancia al jefe, yo no pienso meterme».

***

El domingo al mediodía, Amelia invitó a Elena a comer.

Fueron a una pequeña fonda cerca de la Universidad del Río y pidieron dos platos de sopa.

Mientras comía, Amelia comentó:

—Cada vez que vengo a escondidas a ver a Héctor, me doy cuenta de que le encanta venir a este lugar de caldos.

Elena la miró.

—¿Y por qué no lo invitas a salir?

Él entró a una cafetería de al lado, compró dos cafés y luego caminó directo hacia ellas.

Al verlo de cerca, Elena sintió una extraña sensación de familiaridad.

No era atracción, sino esa extraña cercanía que se siente frente a alguien que, sin saber por qué, parece de los tuyos.

Tal vez era porque había algo en su expresión y en su presencia que le resultaba extrañamente familiar.

Héctor les entregó los vasos.

—Señorita Ortiz, un café para ti y para tu amiga.

Amelia asomó la cabeza con cuidado, sorprendida de que él hubiera tomado la iniciativa de invitarles algo.

—¿Por qué nos invitas?

La expresión de Héctor seguía siendo seria, pero el destello de ternura en sus ojos no pasó desapercibido para Elena.

—El mes pasado, nuestro laboratorio recibió una donación anónima de equipo. Fuiste tú, ¿verdad?

Amelia no esperaba que él fuera tan listo como para adivinarlo a la primera.

Asintió.

—Sí, fui yo. Pero no lo hice esperando que me lo pagaras, solo quería que todo te saliera bien.

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