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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 311

Alejandro abrazó a Elena, cubriéndola con su espalda para bloquear la mayor parte de los escombros en llamas que caían.

Su traje se incendió en un instante, pero no la soltó; al contrario, la protegió con más fuerza contra su pecho.

Mariana se quedó congelada, mirando estupefacta cómo él, sin importarle el peligro, sacaba a Elena en brazos.

Él había cumplido su promesa de salvarla.

Pero aun así, Mariana había perdido ante Elena.

Sabía perfectamente que, hace un momento, Alejandro estaba dispuesto a morir junto a ella.

Al llegar al hospital, Alejandro ya se había desmayado.

A Elena le dolía muchísimo la garganta por el humo y tenía el dorso de la mano quemado, pero no presentaba más heridas.

Vio cómo se llevaban a Alejandro a urgencias, con el pecho encogido por la angustia.

—¡Elena, todo es por tu culpa! —le gritó Mariana furiosa—. ¡Si no fuera por ti, Alejandro no estaría tan malherido!

Elena se volteó a verla con furia y, reuniendo todas sus fuerzas, le soltó una bofetada.

—Mariana, si tú no hubieras provocado ese incendio, ¿Alejandro estaría herido? ¡La única culpable eres tú!

Después de gritarle, a Elena le dolió aún más la garganta.

Mariana, enfurecida por el golpe, intentó devolvérselo, pero los guardaespaldas de Alejandro la detuvieron. Miró a Elena con odio, luciendo casi desquiciada.

—¡Tú eres la que arruina todo! ¡Deberías haberte muerto!

Los guardaespaldas y enfermeros se llevaron a Elena para curarle las heridas, mientras que a Mariana la mantuvieron sometida en el suelo, impidiéndole acercarse.

Media hora después, llegaron la señora Moreno y la abuela Vargas.

Al ver a Mariana toda desaliñada y sometida, a la señora Moreno se le vino el alma al piso al verla así.

—¡Suéltenla! ¡Dejen en paz a mi hija!

En cuanto los guardaespaldas la soltaron, Mariana siguió gritando:

—¡Mamá, Elena lastimó a Alejandro! ¡Ve a ponerla en su lugar!

La abuela Vargas soltó una risa sarcástica.

—Ay, por favor. No me vengas con esos cuentos, no te creo nada. Como sea, váyanse ya y dejen descansar a Alejandro.

Dicho esto, le indicó a los guardaespaldas que les impidieran el paso.

La señora Moreno y Mariana se quedaron afuera de la habitación, consumidas por la rabia, pero no pudieron hacer nada.

Cuando Elena entró a ver a Alejandro, él ya había despertado y estaba sentado débilmente en la cama, tomando un poco de agua.

La abuela Vargas estaba sentada a su lado, con los ojos llorosos, mirándolo con aflicción.

Al ver entrar a Elena, se levantó.

—Elena, platica un rato con Alejandro. Tiene la espalda muy lastimada y, como ya le pasó el efecto de la anestesia, seguro le duele bastante. Quédate a hacerle compañía.

Conocía demasiado bien a su nieto: por más orgulloso que fuera, Elena le importaba mucho más de lo que él quería reconocer.

«Híjole, ni siquiera sabe hacerse la víctima para dar lástima. Es más terco que una mula», pensó la anciana.

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