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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 317

Al verla salir, Diego se acercó, la tomó de la muñeca y la metió al coche.

Elena frunció el ceño.

—Suéltame.

Diego notó las marcas de dientes en su brazo, así como las pequeñas quemaduras que le habían dejado las chispas.

Soltó una risa sarcástica.

—¿El secuestro y el incendio que provocó Mariana no fueron suficientes para que abrieras los ojos?

La noche anterior, Diego había ido a cenar con un amigo policía y, por casualidad, se enteró del caso de Mariana.

Cuando supo que Elena había estado a punto de morir, la angustia le cayó de golpe.

Pero al descubrir que Alejandro fue quien la rescató, no pudo evitar sentir celos y furia.

Si Elena no insistiera en seguir tan cerca de él, nada de esto habría pasado.

Elena mantuvo una expresión fría.

—Eso no te incumbe.

Diego se molestó.

—¿Cómo que no me incumbe? Te acercaste a Alejandro solo para darme celos. Casi te cuesta la vida, ¿y aún no lo ves? La familia Vargas es un mundo muy turbio, ¿no tienes miedo de salir perdiendo? Aunque sea por trabajo, deja de ver a ese tipo. Elena, te lo digo por tu propio bien.

Elena levantó la mirada, totalmente seria.

—No me hice amiga de Alejandro para darte celos.

El rostro de Diego se endureció.

—No me digas que te enamoraste de él.

Elena esbozó una sonrisa cargada de ironía.

—Es un gran hombre, ¿no sería lo más normal del mundo que me gustara?

A Diego se le endureció el rostro de golpe y la fulminó con la mirada.

—Repite lo que acabas de decir.

—Dije que sería muy normal que Alejandro me gustara.

De repente, él la agarró del cuello. El aire se le cortó de golpe y, por puro instinto, trató de apartarlo.

La fuerza en las manos de Diego no disminuyó en lo más mínimo, como si realmente quisiera matarla.

—¡Elena, no importa qué tantos berrinches hagas, te los puedo perdonar, pero nunca una infidelidad! Eres mía, y nadie más puede ponerte una mano encima.

Justo cuando Elena estaba a punto de quedarse sin aire, Diego por fin la soltó.

A estas alturas, seguía sin decirle ni una sola verdad.

Con voz helada, le reclamó:

—Diego, no soy estúpida. La forma en que la tratas ya me dice todo lo que necesito saber. Las mujeres lo sentimos enseguida; cuando un hombre cambia, aunque sea un poco, se le nota.

Dicho esto, se bajó del coche.

Diego quiso alargar la mano para detenerla, pero algo más fuerte que su impulso lo dejó inmóvil.

¿De verdad Elena había descubierto la verdad?

Una vez fuera, Elena vio a los guardaespaldas, Bruno Berrocal y Leandro Berrocal.

Leandro notó las marcas en su cuello y preguntó:

—Señorita Navarro, ¿quiere que le demos una lección a ese sujeto?

Elena negó con la cabeza.

—No hace falta, estoy bien. Y, por favor, no le mencionen nada de esto a Alejandro.

Leandro dudó un momento, pero terminó aceptando.

El director Vargas les había ordenado que la prioridad siempre era acatar las decisiones de Elena para que no se sintiera incómoda en ningún momento.

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