No solo le dolían cuando el clima estaba húmedo o lluvioso, sino también cada vez que se excedía un poco con el trabajo diario.
Elena le pidió a la señora que tomara asiento, luego se agachó a su lado y comenzó a examinarla.
En las rodillas y los tobillos tenía unas cicatrices oscuras y antiguas.
Elena presionó suavemente alrededor de las marcas y luego le pidió que moviera un poco las articulaciones.
Tras observar las reacciones de la mujer, Elena se dirigió a Héctor:
—Podemos intentar el tratamiento, pero va a tomar algo de tiempo.
Al saber que había esperanza de mejorar, a Héctor se le iluminó el rostro. Miró a Elena con una gratitud imposible de disimular.
—De verdad, muchas gracias. Dime cuánto te debo, no te preocupes por el precio.
Elena le sonrió.
—Tranquilo, te voy a dar precio de amigos.
Amelia, que escuchaba desde un lado, pensó para sus adentros: «Si el tratamiento toma tiempo, eso significa que podré acompañar a Elena más seguido y tendré más excusas para ver a Héctor».
Con mucho entusiasmo, le dijo a Elena:
—¡Entonces yo te ayudo como tu enfermera!
Elena, que conocía perfectamente sus intenciones, se limitó a sonreír sin decir nada.
Llevaron a la madre de Héctor a su habitación para que se recostara en la cama. Elena preparó sus instrumentos y comenzó a aplicarle la terapia en las piernas.
Una hora después, Elena terminó la sesión.
Héctor le preguntó a su madre con señas:
—¿Cómo te sientes?
La señora asintió con una enorme sonrisa y respondió:
—Ya no me duele.
La tensión se le deshizo de golpe en la cara a Héctor. Se volvió hacia Elena y dijo:
—Gracias. Quédense a cenar, yo invito. Yo mismo cocinaré.
Amelia aceptó de inmediato:
—¡Nos encantaría!
A Elena no le quedó más remedio que quedarse para acompañarla.
Elena no pudo contener la curiosidad:
—Hace un momento vi el retrato familiar de su sala. Supongo que te han dicho un montón de veces que no te pareces en nada a tus padres, ¿verdad?
Héctor se quedó en silencio por unos segundos antes de responder:
—Mi madre me encontró abandonado a la orilla de un río.
Elena se quedó de piedra.
—¿Nunca has pensado en buscar a tus padres biológicos?
Héctor negó con la cabeza:
—Cuando mi madre adoptiva me encontró, yo estaba lleno de moretones y desnutrido. Al llevarme al doctor se dieron cuenta de que casi no había tomado leche desde que nací, por eso estaba en los huesos. Antes de cumplir los seis años, me la pasaba enfermo a cada rato, pero mi madre siempre estuvo ahí para llevarme a la clínica. Se gastó todos sus ahorros en mí y jamás me dio la espalda. A veces pienso que mis verdaderos padres deben haberme odiado mucho para maltratarme de esa forma y luego abandonarme a mi suerte. Así que no tengo ninguna intención de buscarlos. Para mí, la mujer que me crio es mi única madre.
A Amelia se le hizo un nudo en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas al escucharlo.
Jamás se imaginó que Héctor tuviera un pasado tan doloroso.
Entonces Elena recordó, de golpe, las palabras de la señora Valverde.
¿Sería posible que Héctor fuera el hijo perdido de la señora Valverde?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....