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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 329

Al llegar a la casa, el equipo de seguridad de la familia Romero le bloqueó el paso a los escoltas de Elena.

Al ver que no podrían seguir protegiéndola, Bruno se retiró a un lado y marcó el número de Alejandro, pero la llamada mandó directamente al buzón.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Leandro, preocupado—. El jefe nos ordenó no despegarle el ojo de encima a la señorita Navarro, ¿pero cómo la protegemos si no nos dejan pasar? Ese tal Diego tiene toda la pinta de ser un infeliz. Si la dejamos sola con él, seguro le hace algo.

—Nos quedaremos a hacer guardia afuera —decidió Bruno—. Me preocupa que algo le haya pasado al señor Vargas...

***

Ya dentro de la casa, Diego le ordenó a la señora de la limpieza que preparara la comida.

Luego se dirigió a Elena:

—En el hospital de seguro no pudiste bañarte a gusto. ¿Quieres que te ayude?

—No hace falta, la enfermera puede ayudarme —respondió ella, tajante.

Diego no insistió.

—Como quieras. Voy a sacarte ropa limpia; como acabamos de llegar, el personal no debe saber dónde están tus cosas.

La abuela Navarro los observaba interactuar con evidente tensión, y su mirada se llenó de preocupación.

Elena entró al baño de la habitación principal. Al ver que en los lavabos había artículos de aseo tanto de hombre como de mujer, sintió un nudo en la garganta.

¿Acaso pensaba dormir en el mismo cuarto que ella?

Salió de bañarse y, justo cuando la enfermera terminaba de secarle el cabello, la abuela entró a la habitación.

—Déjanos solas un momento, por favor —le pidió a la empleada.

Pero para su sorpresa, Diego le había confesado ese mismo día que Elena llevaba más de medio año separada de él, todo por culpa de ese señor Vargas.

Le juró que durante todos esos meses no había dejado de buscarla para salvar su matrimonio, pero que ella no hacía más que apartarlo. Le explicó que la familia de ese tal Vargas era un nido de víboras y que Elena había terminado en el hospital por culpa de los líos amorosos de ese sujeto. Según Diego, ya no soportaba verla sufrir así, y por eso había acudido a ella, suplicándole que entrara en razón a su nieta.

Cuando Elena terminó de escuchar todo el cuento que Diego le había soltado a su abuela, le tembló la mandíbula del puro coraje.

¡Qué cínico! Había torcido toda la historia para quedar como la víctima.

La abuela le miró la pierna inmovilizada, con los ojos llorosos.

—Ay, mija, hazme caso, no sigas los pasos de tu madre, no seas avariciosa. Diego es un buen muchacho. Los Romero son gente de mucho dinero, el simple hecho de que se casara contigo ya fue una bendición. Y aunque la familia de ese señor Vargas sea más poderosa que los Romero, ¿qué más da? ¿De verdad crees que la alta sociedad va a aceptar a una mujer divorciada como tú? Al final te vas a quedar sin una cosa ni la otra. Tienes que aprender a valorar lo que tienes, antes de que lo pierdas y te arrepientas.

Siempre había pensado que el hecho de que su nieta fuera tan hermosa no traería nada bueno. Tantas tentaciones terminarían por deslumbrarla.

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