Elena respondió secamente:
—Tampoco soy de cristal, me preparé algo rápido.
Adriana soltó con fingida sorpresa:
—¡Órale! No sabía que fueras tan buena para la cocina, Elena. A ver si estos días que me quede tengo la suerte de probar algo preparado por ti.
Toda la atención de Diego estaba volcada en el bebé que esperaba Adriana, así que le siguió la corriente sin pensarlo:
—Ándale, Elena. Como Adriana nunca se ha metido a la cocina, si tienes chance, hazle algo de comer también.
La mirada de Elena se enfrió.
Ese era el hombre al que le había dedicado cinco años de su vida.
Se lo había entregado todo a un matrimonio construido sobre mentiras.
Y para rematar, le llevaba a la amante embarazada a la casa y quería que ella le sirviera de cocinera.
¿Por quién la tomaba?
Si antes había tenido sus dudas sobre pelear la mitad de los bienes, ahora lo tenía clarísimo.
No le iba a dejar ni un peso de lo que le tocaba por ley.
—Claro que sí, espérenme tantito, ahorita me pongo a cocinar.
Mientras Elena preparaba la cena, Diego y Adriana se acomodaron en la sala a ver la tele.
Al verla atareada, a Diego ni se le ocurrió pararse a ayudar.
Para él, cocinar no tenía ningún mérito; lo verdaderamente pesado era salir a ganar dinero.
Elena vivía como reina en la casa sin hacer gran cosa, así que meterse a la cocina de vez en cuando no le iba a hacer daño.
Cuando Elena terminó de cocinar y salió al comedor, vio que Adriana había dejado la mesa de centro hecha un asco, con papas y galletas tiradas por todos lados sin que nadie limpiara.
El mantel beige que había comprado con tanto esmero estaba manchado de refresco.
Adriana soltó la botana y le sonrió a Elena:
—Uy, ¿ya acabaste? Ahorita te ayudo a poner los platos.
Al levantarse, fingió que se tropezaba.
Diego la sostuvo al instante, lanzó una mirada nerviosa a su vientre y la reprendió con suavidad:
—No te muevas. Quédate sentada y espera la cena. Aquí nadie te está pidiendo que hagas nada.
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