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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 701

Liana soltó una carcajada suave y cristalina.

—Si sabes que no puedes manejar estas cosas sola, ¿por qué no te comportaste como una niña buena desde el principio?

Eulalia agachó la cabeza, se levantó para servirle más bebida y adoptó una actitud completamente sumisa.

—Liana, de verdad, sé que me equivoqué.

Liana tomó un sorbo, mirándola con evidente desprecio.

—Me encargaré de cancelar tu cuenta en el extranjero sin dejar rastro. También silenciaré al tal Dorian para que no pueda involucrarte. Sin embargo, todo esto tiene un precio. Quiero que aceptes una condición.

—¿Qué condición? —preguntó Eulalia, aliviada de que estuviera dispuesta a salvarla.

La mirada de Liana se volvió afilada como una navaja.

—Bianca está a punto de transferirte sus acciones. ¿Qué pasa, querías quedarte con todo el botín? ¿De verdad creíste que podrías digerir tanta riqueza tú sola?

A Eulalia se le encogió el estómago. Por mucho que le doliera, tuvo que ceder.

—¿Qué tal si divido las acciones y te doy la mitad? —propuso, pensando que eso sería más que suficiente para calmarla.

El rostro de Liana se endureció.

—¿La mitad? Eulalia, ¿me estás tomando el pelo? Quiero el ochenta por ciento. Puedes quedarte con el veinte.

Cobrar una comisión tan abusiva por sus arreglos era la regla inquebrantable de Liana.

Eulalia palideció. No esperaba semejante codicia. Si entregaba el ochenta por ciento, no le quedaría casi nada para mantener el extravagante estilo de vida que tanto deseaba.

—¿No aceptas? —Liana esbozó una sonrisa helada—. Perfecto, entonces no haré nada. Al fin y al cabo, yo no fui quien le ordenó a ese infeliz matar a nadie.

Aterrorizada por la idea de terminar en la cárcel, Eulalia no tuvo más remedio que tragar su frustración y aceptar a regañadientes.

—Está bien. Me quedaré con el veinte por ciento y el resto será para ti.

—Qué chica tan razonable —dijo Liana, dándole unas palmaditas en la mejilla como si fuera un perro obediente.

Eulalia hervía de rabia e impotencia, pero no había salida. Sus trucos baratos no eran nada frente a la astucia de Liana; someterse era su única opción.

Lo que ninguna de las dos sabía era que Leandro había colocado un dispositivo de grabación debajo del plato cuando se hizo pasar por mesero.

Esa misma noche, Alejandro la contactó por videollamada.

—¿Cómo te has sentido estos últimos días? —preguntó él, con la mirada llena de ternura.

—Me siento perfectamente. ¿Y tú? ¿Has estado muy ocupado? ¿Estás comiendo a tus horas?

—Yo estoy muy bien, no tienes por qué preocuparte —respondió Alejandro con una sonrisa tranquilizadora—. Por cierto, ahora que Liana ha salido a la luz, es hora de que Eulalia pague por todo lo que ha hecho. Imagino que tu madre ya tiene planeado darle una «gran sorpresa» en la fiesta de cumpleaños. Haz lo que sientas necesario, Elena. No te reprimas en lo absoluto.

Elena asintió, ocultando su genuina preocupación respecto a la posible implicación del tío de Alejandro para no darle más motivos de estrés mientras él estaba lejos.

—Te estaré esperando —dijo ella con dulzura.

El domingo por la noche, Eulalia salió de fiesta con unos amigos. Se emborrachó hasta perder el conocimiento en la sala VIP del club y, al despertar, sintió un dolor insoportable en el brazo.

Con horror, descubrió que se lo habían fracturado a golpes.

Temblando y aguantando las lágrimas, llamó a una ambulancia.

Una vez en el hospital, después de que le inmovilizaran el brazo y le hicieran varias pruebas, ordenó que consiguieran las grabaciones de las cámaras de seguridad del club.

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