Adriana se quedó atónita. Se llevó la mano a la mejilla, mirándola con pura incredulidad.
—Elena, ¿te volviste loca?
Intentó devolverle el golpe, pero Bruno Berrocal, uno de los guardaespaldas que custodiaba a Elena, se interpuso como una pared de piedra.
Enfurecida y frustrada, Adriana le gritó:
—¡Te atreves a ser tan arrogante y a agredirme solo porque tienes a alguien cuidándote la espalda! ¡La gente de la organización todavía no se ha ido! Si armo un escándalo ahora mismo, ¿quién crees que va a quedar en ridículo?
Sin dudarlo un segundo, Elena levantó la mano y le asestó otra bofetada en el rostro.
—Adelante, grita todo lo que quieras. El salón está lleno de cámaras de seguridad. Si los organizadores revisan las grabaciones y descubren que saboteaste mi asiento, te aseguro que jamás volverán a invitarte a un simposio en tu vida.
Adriana sintió un nudo en la garganta. Sabía que Elena tenía razón y el miedo a arruinar su reputación profesional la paralizó. Temblando de rabia, se tragó el orgullo, dio media vuelta y se marchó caminando a toda prisa.
Al verla huir como una cobarde, Elena suspiró, dividida entre el enojo y la diversión.
Esa Adriana era como un chicle pegado a la suela del zapato; no importaba qué hiciera, siempre encontraba la forma de aparecer y molestar.
***
El viernes por la noche, Elena y Alejandro fueron a cenar a la casa de la abuela Navarro.
Desde que formalizaron su relación, hacían el esfuerzo de visitarla al menos una vez por semana.
La actitud de la abuela Navarro hacia Alejandro se había vuelto mucho más cálida y cariñosa. Al principio, temía que Elena sufriera al involucrarse con alguien de la familia Vargas, creyendo que la brecha social terminaría lastimándola. Pero ahora, viendo cómo él la trataba, esos temores habían desaparecido.
Sin embargo, aún le preocupaba la opinión de la familia de Alejandro.
Mientras cenaban, la abuela no pudo evitar preguntarle:
—Alejandro, toda tu familia está en Ciudad del Norte, y tú te la pasas viajando todos los días entre allá y Ciudad del Río. ¿Tus padres no se molestan por eso?
La abuela Navarro tenía una visión muy tradicional del matrimonio: creía que, al casarse, la mujer debía integrarse y convivir con la familia de su esposo, o al menos vivir cerca de ellos.
—Mi abuela y mi madre tampoco viven juntas, así que no tenemos esa tradición familiar —respondió Alejandro con total naturalidad—. Además, el trabajo de Elena está aquí, en Ciudad del Río. Jamás le pediría que renunciara a su carrera para mudarse conmigo a Ciudad del Norte.
No estaba mintiendo. Su familia poseía múltiples propiedades.
La abuela Vargas rara vez se quedaba en la mansión principal y solo veía a la señora Vargas de vez en cuando. Incluso los demás tíos y primos, aunque oficialmente residían en la casa principal, pasaban la mayor parte del tiempo en sus propios asuntos.
La abuela Navarro asintió, aliviada, pensando que la familia Vargas era bastante moderna y comprensiva.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....