Elena ya tenía la excusa preparada, así que le contestó con total calma:
—Como voy a empezar a trabajar, la ropa que tenía ya no me servía para la oficina. Hice limpieza para renovar el clóset. No me vas a salir con que te duele que gaste dinero, ¿o sí?
La explicación logró relajar a Diego.
—Claro que no, cómprate lo que se te antoje. Si algo ya no te gusta, tíralo y ya.
Él sabía que Elena no era de despilfarrar.
Del gasto que le daba para la casa, casi ni tocaba el dinero.
Era la primera vez que la veía deshacerse de tantas cosas de un jalón.
Pero bueno, mucha de esa ropa y bolsas ya tenían sus años, si quería tirarlas, que lo hiciera.
Más adelante seguro se arrepentiría del gasto y no volvería a hacerlo.
Elena no tenía ganas de seguir platicando con él, así que se sentó en el escritorio para seguir revisando la información de los productos que le había mandado el vicepresidente Montoya.
Antes, cada que Diego regresaba de viaje, Elena se le pegaba como chicle, lo abrazaba y no paraba de platicarle cosas.
Pero ahora la notaba súper distante, como si le diera exactamente igual que hubiera vuelto.
Esa frialdad volvió a despertar algo en Diego.
Verla así le recordó la época en la que apenas estaba intentando conquistarla.
En aquel entonces, ella también lo trataba con la punta del pie.
Era una muchacha bastante joven, pero con un carácter frío y terco que no se parecía en nada a las niñas ricas con las que él solía salir. Eso fue lo que le llamó la atención desde el principio.
Cuanto más insistía en conquistarla, más lo esquivaba ella.
Y entre más lo rechazaba, más se obsesionaba él.
Al final, cuando por fin logró convencerla, tuvieron una etapa de novios increíble.
Pero, sin saber en qué momento, la relación se fue apagando y él empezó a sentir que ya no quedaba chispa entre ellos.
Cuando conoció a Adriana, empezó a sentir que su matrimonio con Elena se había vuelto demasiado plano y predecible.
Ahora que la veía actuar otra vez como al principio, le entraron las ganas de provocarla.
Pensó que los hombres eran así: cuanto menos caso les hacían, más se aferraban.
Se acercó por la espalda para abrazarla.

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