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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 1

Lucía García despertó aturdida, sintiendo un pecho cálido presionado contra su espalda.

Le dolía todo el cuerpo. Con lentitud, abrió los párpados pesados y lo primero que vio fueron las aspas de un viejo ventilador de techo color bronce, girando con un chirrido constante sobre ella.

Lucía era la heredera de una de las familias más ricas y poderosas de Puerto Coral; en toda su vida, solo había tenido que dormir bajo un ventilador así en una única ocasión:

Hacía años, en un motel de mala muerte, cuando perdió su virginidad con un Alejandro Zavala que estaba completamente drogado.

En su momento, creyó que entregarse a él despertaría algo de ternura en el hombre, pero lo único que consiguió fue atraer su propia ruina.

Al recordar todo lo que había sufrido, una ola de emociones encontradas la invadió. De pronto, un chispazo de confusión cruzó su mente nublada. ¿Acaso no estaba muerta?

Cuando su consciencia terminó de encajar en la realidad, Lucía giró la cabeza de golpe para mirar a quien la abrazaba.

Unos finos rayos de sol se filtraban por las rendijas de las cortinas, iluminando el rostro apuesto y magnificado del hombre. Era Alejandro Zavala, pero lucía mucho más joven.

Él dormía profundamente, despojado de su habitual arrogancia. Su cintura era firme, los músculos de su pecho estaban bien marcados, y esos brazos fuertes la rodeaban como si ella fuera su tesoro más preciado.

A Lucía le zumbó la cabeza. Sintió como si le hubiera caído un rayo.

Él jamás la había abrazado para dormir. Excepto esa noche.

La noche en que le salvó la vida. Cuando lo encontró, Alejandro tenía medio cuerpo sumergido en el mar. Le había costado sangre y sudor arrastrarlo hasta la orilla. Y como no llevaba su identificación, no pudo registrarlo en un hotel de lujo. No le quedó más remedio que llevar al hombre semiinconsciente a ese motelucho y enredarse con él toda la madrugada.

¡Había retrocedido en el tiempo!

Lucía apartó el brazo del hombre, agarró su celular y lo comprobó. Efectivamente, el mensaje de texto había sido enviado hacía media hora.

Al igual que en su vida pasada, le había escrito a su amiga Jimena Jiménez pidiéndole que le trajera ropa limpia. Solo que, después de enviar el mensaje, se había quedado dormida por puro agotamiento, y para cuando volvió a despertar, ya era este momento.

¡Jimena estaba a punto de llegar!

Al darse cuenta, Lucía ignoró el dolor que le atravesaba el cuerpo y saltó de la cama a toda prisa. Recogió su ropa del suelo y se la puso; las prendas aún estaban húmedas por el agua del mar, pero ya no le importaba. Corrió al baño para arreglarse un poco.

Cuando su mirada se posó en la regadera barata, se quedó paralizada. Como impulsada por un sexto sentido, abrió la llave... y sonrió. La regadera estaba rota.

Todo era idéntico a su vida anterior.

Como no pudo bañarse, en el pasado esperó a que llegara Jimena, quien, muy "amablemente", le alquiló otra habitación para que se aseara. Pero cuando Lucía terminó de secarse el cabello y regresó cómoda y presentable, Jimena y Alejandro habían desaparecido.

Jimena se había robado el crédito de haberlo salvado.

Y a partir de ese instante, en los ojos de Alejandro Zavala solo existió Jimena Jiménez.

Aunque más adelante, presionado por su abuelo, Don Guillermo Zavala, y debido a un compromiso arreglado desde la infancia, Alejandro terminó casándose con Lucía. Pero su corazón siempre le perteneció a Jimena. Para poder darle un lugar en la sociedad a su amante, Alejandro destruyó el Consorcio García, la empresa de su familia. Su padre murió de un infarto, su madre perdió la razón y su hermano se quitó la vida lanzándose de un edificio...

Y la propia Lucía terminó envenenada.

Tras la tragedia, el Consorcio García fue comprado a precio de remate por Alejandro y pasó a ser parte de su imperio.

Al recordar todo aquello, un odio visceral le quemó las entrañas...

Al salir del baño, su primer instinto fue huir. Pero la ira era tan abrumadora que se subió de nuevo a la cama, se sentó a horcajadas sobre el abdomen del hombre y, sin pensarlo dos veces, empezó a abofetearlo con todas sus fuerzas.

¡Plaf, plaf, plaf!

Capítulo 1 1

Capítulo 1 2

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