Lucía se apresuró a su habitación, sacó ropa limpia y se metió a bañar.
Solo cuando el agua caliente comenzó a resbalar por su piel helada, sintió que los músculos se le relajaban y, por primera vez, supo que realmente estaba viva de nuevo.
No le importaba si era Jimena o Maribel quien iba a ver a Alejandro; esos asuntos ya no eran su problema...
Al salir de la ducha, pensó en volver a la cama para recuperar energías, pero de repente recordó algo urgente y sintió un nudo amargo en la garganta.
En su vida pasada se había embarazado. Poco tiempo después de casarse con Alejandro, sufrió un desmayo y en el hospital le confirmaron que tenía tres meses de gestación.
A partir de ese momento, la familia Zavala la trató como a una mujer interesada y promiscua, e incluso justificaron que Alejandro la engañara abiertamente con Jimena.
Al recordarlo, Lucía se vistió rápido y salió hacia la farmacia. Compró la pastilla del día siguiente, caminó hasta un rincón solitario y se la tragó sin pensarlo dos veces. Cuando por fin regresó a su casa, sus padres ya habían vuelto.
—¿Por qué Lucía aún no regresa de la casa de su amiga? ¿Crees que le haya pasado algo? —escuchó que decía su madre.
—Llámala a ver qué te dice —respondió su padre.
La noche anterior, había logrado escaparse diciéndoles que iba a hacer una pijamada en casa de su mejor amiga, Isabel Luna.
Doña García estaba a punto de marcar el número cuando Lucía entró corriendo y la abrazó con fuerza.
—¡Mamá!
—Lulú, mi amor...
Horacio García observó a su hija, que tenía los ojos llorosos; cuando ella se giró para abrazarlo, él se quedó desconcertado. La voz de su hija sonaba ahogada y temblorosa.
—Papá...
—¿Qué pasa, mi niña? ¿Sucedió algo malo? —preguntó Don Horacio, preocupado.
Lucía negó con la cabeza, con los ojos rojos. —No, no es nada.
En su vida pasada, su padre había muerto de un infarto fulminante y su madre había terminado en un hospital psiquiátrico. Básicamente, se había quedado huérfana muy joven.
¡Verlos vivos ahora la llenaba de una emoción indescriptible!
Don Horacio suspiró aliviado. —Ay, esta niña... Sigues actuando como si no hubieras crecido.
—Ve a arreglarte, ¿o se te olvidó que hoy vamos a cenar a casa de la familia Zavala?
A Lucía sí se le había olvidado por completo; al fin y al cabo, era un evento de otra vida.
—No quiero ir.
—¿Te peleaste con Alejandro?
En su vida anterior, a estas alturas, ella estaba desbordante de alegría. Creía que, al haberse entregado a Alejandro, ya era su mujer y que su relación pasaría al siguiente nivel.
Sin embargo, cuando llegaron a la mansión Zavala, Alejandro nunca apareció, lo que dejó a sus padres profundamente decepcionados.
Lucía lo pensó un momento y cambió de opinión. Mejor iba.
De todos modos, sabía que Alejandro no estaría. Y aprovecharía la decepción de sus padres para anunciar con naturalidad que quería cancelar el compromiso.
No iba a cometer el mismo error que en su vida pasada, obsesionándose con ganarse el corazón de un hombre de piedra.
—Está bien, papá, mamá... Vamos a ver a los Zavala.
...
Al final, Lucía acompañó a sus padres a la imponente residencia Zavala.
Tal como recordaba, en la mesa solo estaban los padres de Alejandro y su hermano menor. Terminaron de cenar y Alejandro siguió sin aparecer.


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