Alejandro siempre había sido un hombre de carácter frío y arrogante, que miraba a todos por encima del hombro. El simple hecho de que se dignara a llevar a una mujer a una reunión de amigos era, de por sí, una sorpresa mayúscula.
Pero lo que dejó a todos sin palabras fue la absoluta indiferencia de Lucía.
En lugar de armar una escena, Lucía estaba concentrada únicamente en observar la reacción de su hermano Julio.
Tal como temía, el rostro de Julio se había oscurecido de pura rabia. En su vida anterior, fue esta misma noche la que desató la guerra entre Julio y Alejandro. Hasta el día de hoy, Lucía no estaba segura de si Julio se había peleado para defender el honor de su hermana, o si en el fondo lo había hecho por celos de Jimena. Julio le dio el primer golpe, pero Alejandro se lo devolvió con una crueldad despiadada...
Dejando a Julio humillado en el piso.
Por supuesto, Jimena había corrido a defender a Alejandro.
«¡Julio, entiende de una vez, a mí no me gustas tú, yo amo a Alejandro!».
Ese grito de indignación de Jimena fue la sentencia pública que confirmó que Julio estaba obsesionado con ella.
Es cierto que, en ese entonces, Julio sentía cierta curiosidad por Jimena, pero no pasaba de una simple atracción; jamás había intentado conquistarla. Sin embargo, a partir de ese día, los rumores se salieron de control, pintando a Julio como un acosador desesperadamente enamorado de ella.
El morboso triángulo amoroso entre los dos herederos más importantes de Puerto Coral peleando por una misma mujer se convirtió en el chisme favorito de toda la alta sociedad.
Y de forma indirecta... esto elevó el estatus de Jimena por los cielos, convirtiéndola en un trofeo invaluable.
La gente incluso apostaba para ver con quién se quedaría al final la famosa señorita Jiménez.
Y cuando se supo que el gran ganador era Alejandro, hasta los que no tenían vela en el entierro decían: "Era obvio. Alejandro Zavala es el hombre más guapo y poderoso de la ciudad, y los Zavala son los dueños de medio país. El Consorcio García y el pobrecito de Julio no tenían ni cómo competir".
Aquella noche, tanto Julio como Lucía quedaron como unos completos perdedores, el hazmerreír de Puerto Coral.
Recordando todo eso con frialdad, Lucía sentía que ambos, hermano y hermana, habían sido utilizados como simples escalones para la historia de amor de esos dos.
Lucía apretó con fuerza su copa de cristal, con los ojos ensombrecidos. Ese maldito rumor incluso llegó a oídos de la prometida de su hermano, Cristina Quiroga.
A pesar de que Cristina y Julio terminaron casándose, su cuñada nunca pudo superar esos chismes, reviviendo el resentimiento y echándole en cara la supuesta obsesión por Jimena cada vez que discutían.
¡Qué injusticia tan grande para Julio!
Por suerte, esta vez Lucía se había adelantado y había dejado muy claro frente a su hermano que ya no sentía nada por Alejandro. Con eso, Julio ya no tenía ningún pretexto para defenderla y meterse en problemas.
Al notar que los nudillos de su hermano se ponían blancos de tanto apretar los puños, Lucía extendió sus delicadas manos y envolvió las de él, transmitiéndole calma.
Aunque solo fuera por el bien de su futura cuñada, esta vez no iba a permitir que Julio cometiera la misma locura.
Jimena, que estaba pegada al lado de Alejandro, clavó sus ojos en Lucía. Estaba segura de que la heredera iba a volverse loca de celos y empezaría a gritar a los cuatro vientos que fue ella la que salvó a Alejandro esa noche en el mar.
Pero se equivocó por completo.
La mirada de Lucía estaba fija en su hermano mayor.
Jimena se sorprendió un poco y enseguida se dio cuenta de que casi todos en la sala estaban pendientes de la reacción de Lucía. Lucas rompió el hielo y comentó en voz alta:
—Qué bonito es el amor de hermanos, ¿verdad?...
Lucía levantó la vista, le clavó una mirada gélida a Lucas y soltó la mano de su hermano.
Julio no estaba de humor para quedarse. Levantó su copa, bebió el vino tinto del 82 de un solo trago, y tiró del brazo de Lucía para ponerla de pie.
—Tenemos asuntos familiares que atender, nosotros nos retiramos...
Lucas exclamó un «¿Ah?» exagerado, fingiendo decepción, aunque quién sabe qué circo esperaba ver.
—¿Ya se van? ¿Tan pronto?


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