Después de todo, todo el mundo sabía lo perdidamente enamorada que Lucía estaba de Alejandro.
Sin embargo, la noticia que sacudió al grupo de chat unos días después los dejó helados:
[Lucía García se fue del país].
[Y su hermano, Julio García, anda en citas a ciegas con la heredera de la familia Quiroga].
No hubo los gritos histéricos que todos anticipaban, ni llantos descontrolados ni escándalos públicos. Lucía simplemente hizo sus maletas y se largó en silencio.
Cuando Lucas soltó la bomba de que Lucía había salido del país, el grupo de chat se quedó en un silencio sepulcral.
El hecho de que se hubiera ido de una forma tan madura y sin hacer ruido despertó una extraña pizca de lástima entre sus amigos.
Aunque el remordimiento no duró mucho; apenas Lucas agregó a Jimena al chat grupal, el nombre de Lucía quedó en el olvido.
Inmediatamente, todos empezaron a enviar mensajes adulando a la nueva "estrella brillante y culta" de Puerto Coral.
...
Mientras tanto, Lucía aterrizó en Estados Unidos. Rentó un pequeño departamento cerca del campus de la universidad de Stanford. Estaba empujando un carrito en Costco, comprando artículos para el hogar, cuando recibió una llamada de su amiga Isabel Luna.
—Lulú, ¿te fuiste de viaje para despejar la mente, verdad?
—Para nada, es un viaje de graduación. Ya lo tenía planeado desde hace mucho.
—Lulú... te conozco. Yo esperaba que me llamaras llorando a mares, ahogando tus penas en tequila, para después arrastrarme a un antro y pedirnos diez strippers. ¿Cómo es que te esfumaste del país sin decirle nada a nadie?
Lucía sonrió mientras comparaba los precios del detergente.
—A mí se me hace que la que tiene ganas de ir a ver strippers eres tú, ¿verdad?
—Me atrapaste —Isabel se echó a reír del otro lado de la línea—. Pero hablando en serio, qué bueno que te fuiste a relajar. Sabes que si te sientes triste o necesitas desahogarte, aquí estoy yo.
—Te lo prometo, no me fui porque estuviera triste.
Era obvio que Isabel no le creía ni media palabra.
Lucía pensó que solo el tiempo y sus acciones demostrarían que decía la verdad. Decidió cambiar de tema:
—Isa, en cuanto regrese a Puerto Coral voy a empezar a trabajar en el Consorcio García, así que a lo mejor ya no nos vamos a poder ver tan seguido...
—Te apuesto lo que quieras a que no aguantas ni una semana trabajando. Vas a terminar renunciando para hacer una maestría o te vas a terminar casando con Alejandro —soltó Isabel sin pensar.
Lucía se quedó congelada en el pasillo del supermercado por un segundo.
En esta vida, jamás permitiría que esa historia se repitiera.
En su vida pasada, la estupidez de su amor ciego le había costado la vida a su padre y a su hermano.
Cada vez que recordaba cómo terminaron las cosas, el dolor era tan profundo que le quemaba las entrañas. Cualquier rastro de aquella niña ingenua que moría por amor había quedado reducido a cenizas.
—Eso nunca va a pasar. Te lo juro por mi vida, Alejandro Zavala ya no me importa en lo más mínimo.


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