C161- INFIERNO
Ian no perdió un segundo. La traición de Valeria le golpeó como una descarga eléctrica, pero su instinto tomó el mando antes de que la duda pudiera paralizarlo. Se giró hacia Braxton.
—Saca a Valeria de todo. Cierra sus accesos, revoca sus credenciales de firma en las cuentas de inversión y asegúrate de que no pueda tocar ni un solo archivo, ni físico ni digital, relacionado con mis empresas.
Braxton, con la ira todavía bailando en sus ojos, no cuestionó la orden. Se puso en marcha de inmediato, tecleando con una rapidez mecánica mientras Elías, desde el suelo, soltaba una carcajada cargada de bilis.
El hombre se incorporó a duras penas, escupiendo sangre antes de mirar a Ian con desafío.
—¿Cuándo será público? —espetó, limpiándose el labio roto.
Ian lo miró con una frialdad que no dejaba lugar a dudas.
—En unas horas. Cuando los archivos de Isabelle lleguen a la fiscalía y a los medios, el mundo verá que su imperio no es más que un castillo de naipes construido sobre cadáveres. No le quedará ni un refugio donde esconderse.
(…)
Mientras tanto, en la mansión, Savanna y Jodie estaban enfrascadas en una conversación sobre la próxima consulta médica del bebé. Jodie acariciaba su vientre con una sonrisa que apenas comenzaba a sanar sus cicatrices, cuando, de repente, las luces parpadearon dos veces y todo se hundió en una oscuridad absoluta.
Savanna se levantó al instante, con el corazón martilleando contra sus costillas. Sin pensarlo, tomó a la pequeña Ivanna en brazos, pegándola a su pecho. Se acercó a la ventana; afuera, los teléfonos de los guardias iluminaban el perímetro con luces intermitentes, algo estaba mal.
—Sav... ¿qué está pasando?
—No lo sé. Pero un corte por falta de impago no es.
La mente de Savanna trabajaba a mil por hora, necesitaban salir de allí. Girándose hacia su amiga, le entregó a la bebé.
—Sostenla y quédate aquí. No te muevas.
Savanna encendió la linterna de su teléfono, pero la pantalla le devolvió el golpe de una realidad aterradora: no había señal.
—¿Qué m****a...? —maldijo y se giró hacia Jodie—. ¿Dónde está tu teléfono?
—En mi cuarto, Sav... ¿qué hacemos? —Jodie ya estaba al borde del pánico.
Savanna la miró, decidida.
—Quédate aquí. Iré por él. Algo me dice que esto no es casualidad.
Salió al pasillo, moviéndose como un fantasma entre la penumbra, y regresó en segundos, más pálida de lo que había salido.
—Jodie, nos vamos. ¡Tenemos que llegar a un auto!
—Pero... ¿lograste llamar a Ian? —Jodie empezó a hiperventilar.

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