C163- LE DARÉ UNA VIDA FELIZ
Los vehículos se detuvieron en una propiedad apartada, un antiguo observatorio astronómico rehabilitado como fortaleza privada en las afueras de la ciudad. El lugar estaba rodeado de muros de piedra y cámaras de vigilancia.
Apenas los motores se apagaron, los hombres de Valeria las sacaron del coche con una brusquedad que hizo que los hombros de Savanna chocaran contra el marco de metal.
Valeria descendió con la pequeña Ivanna en brazos, Al ver que Valeria comenzaba a caminar hacia una sección diferente del edificio, separándose del grupo que escoltaba a Savanna y Jodie hacia el sótano, el instinto de Savanna se disparó.
—¡Espera! —gritó tirando de sus brazos atados—. ¡¿A dónde llevas a mi hija?! ¡Valeria, maldita sea, a dónde la llevas! ¡Respóndeme!
Los hombres de seguridad la empujaron contra la pared, neutralizando sus movimientos con una fuerza que le sacó el aire. Aun así, Savanna forcejeó, pateando y lanzando embestidas, pero la superioridad numérica era absoluta.
Jodie, sollozando a su lado, no podía hacer más que mirar con horror.
Finalmente, cuando la figura de Valeria desapareció por un pasillo lateral, el mundo de Savanna se desmoronó, su corazón, antes de acero, dejó de latir por un segundo.
—Bebé... mi bebé... —susurró llena de un terror absoluto.
Las arrastraron por un pasillo subterráneo y las arrojaron dentro de una estancia de seguridad, una sala técnica sin ventanas donde el aire olía a moho. La puerta de hierro se cerró y Jodie se dejó caer en el suelo, temblando de forma incontrolable.
—Savanna, nos van a matar... nos van a...
Savanna se arrastró hasta quedar a su lado, ignorando el dolor en sus muñecas lastimadas por las bridas.
—Escúchame, Jodie. Mírame. —dijo, obligando a su amiga a sostenerle la mirada—. Ian va a remover cielo y tierra. Braxton no va a permitir que nada le pase a ese niño, nos van a encontrar. Solo tenemos que resistir.
Jodie asintió, queriendo aferrarse a esas palabras, pero la realidad la golpeaba con fuerza y la balanza no estaba a su favor.
Pasaron treinta minutos de silencio sepulcral, donde cada sombra parecía moverse. Entonces, el cerrojo de la puerta se deslizó y la luz del pasillo irrumpió en la habitación, Savanna se tensó, preparándose para lo peor, para enfrentar a Valeria.
Pero quien cruzó la puerta no fue Valeria.
Fue Isabelle Deveraux.
Isabelle caminaba con la elegancia cruel de una reina que ha ganado su guerra, vestía un abrigo carísimo y sus joyas brillaban bajo la luz, pero lo que hizo que a Savanna se le detuviera el corazón fue ver a Ivanna en sus brazos. La bebé, exhausta, dormía plácidamente contra el pecho de la mujer que estaba intentando destruir sus vidas.
Isabelle se detuvo, observando a las dos mujeres en el suelo con un deleite descarado.
—Qué hermosa es mi nieta. —murmuró mirando a la pequeña dormida en sus brazos—. Lástima que su padre olvidó una lección fundamental… y es que en esta familia, la sangre siempre cobra su deuda.
Savanna se puso de pie lentamente, ignorando el dolor de las bridas, sus ojos no se apartaron de Ivanna ni un segundo.
—Devuélveme a mi hija. Ahora.
Isabelle rio.
—¿O qué? ¿Qué vas a hacerme? Querida, estás atada como un animal. No tienes poder aquí.

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