C40: BUENAS NOCHES... ESPOSA CRUEL.
Ian salió del almacén, Braxton permanecía apoyado contra el capó de la SUV, al ver salir a Ian, abrió la puerta del conductor.
—¿Confesó? —preguntó, escaneando la ropa de su amigo en busca de manchas.
—Me dio un nombre —respondió Ian, arrojando el pañuelo sucio a un contenedor antes de subir al asiento del copiloto—. Es suficiente por hoy.
El motor rugió y la camioneta se alejó del muelle. Ian apretó los puños sobre sus muslos, mirando el asfalto devorado por los faros.
—Encárgate de que su familia no pase necesidades —ordenó—. Transfiere lo suficiente para que vivan con comodidad el resto de sus vidas. En una cuenta blindada.
Braxton alzó una ceja.
—Como mandes, jefe. Generosidad con la familia de quien te dejó huérfano. Eres un caso de estudio.
—Uno abajo —masculló Ian, ignorando el comentario—. Quedan tres.
Llegó al ático pasada la medianoche, pero apenas abrió la puerta, se congeló. Savanna estaba allí, esperándolo con una copa de vino a medio terminar.
—Hasta que llegas —dijo, poniéndose de pie.
Ian se tensó bajo el marco de la puerta. Venía de matar a un hombre, lo que menos quería era que su mujer se acercara. Se sentía sucio. Pero… Savanna avanzó y sus ojos se clavaron en los nudillos de su esposo, irritados y con restos de piel levantada.
Frunció el ceño antes de agarrar su mano y examinarla.
—¡¿Qué te pasó?! ¿Te asaltaron? ¿O volvieron esos hombres que intentaron matarte? —su voz subió de tono y sus ojos eran dos orbes de nervios—. Ian, mírame. ¿De dónde vienes?
Él retiró la mano con un movimiento brusco, hundiéndola en el bolsillo de su abrigo. El vacío de la venganza acababa de chocar con la calidez de su hogar, creando una tormenta en su pecho. El recuerdo de los gritos de Marcus White se mezclaron con la insistencia de Savanna.
—¡Ian, responde! ¿Qué te pasó? ¿Llamo a la policía? Estás…
—¡Estoy bien! —rugió él.
El grito rebotó en las paredes del ático y Savanna se congeló. Sus pupilas se dilataron y dio un paso atrás. Ian, quien en segundos se dio cuenta de su error, abrió la boca para retractarse, pero ella ya estaba girando sobre sus talones.
—No debí preocuparme por un idiota —soltó, caminando hacia el pasillo con zancadas rápidas.
—Savanna, espera...
Ella entró en su habitación y cerró la puerta de un portazo para cuando Ian la alcanzó, el sonido de la cerradura girando fue un disparo.
Golpeó la madera con la palma.
—¡Savanna! ¡Savanna, abre!
—¡Vete al diablo, Ian! —llegó la respuesta desde dentro.
—¡Carajo! —siseó él, apoyando la frente contra la puerta.
El dolor de la pérdida de sus padres lo abrumaba, era una presión que lo hacía sentir que se ahogaba. Y el haber destruido a White no le dio alivio, solo le recordó la soledad de su infancia.
Esa rabia, mal dirigida, ahora levantaba un muro entre él y la única persona que le importaba.
Dentro, Savanna se apoyó contra la puerta, cerrando los ojos con fuerza. El pecho le ardía. Sabía que Ian ocultaba un pasado complejo, pero el secreto dolía más que el grito.
Si la amaba, ¿por qué la trataba como a una extraña? ¿Por qué no confiaba en ella?
—Savanna... mi amor, perdóname… —la voz de Ian llegó amortiguada, cargada de un remordimiento crudo—. Fui un idiota. Tuve una mala tarde y... y… perdí los estribos.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!