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ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso! romance Capítulo 88

C89: LA HUIDA.

—Mi pasado... ese que tanto querías conocer... acaba de encontrarnos.

Ian escuchó los motores acercarse más y el miedo agarró fuerza, ya nada más importaba, solo que Savanna no estuviera allí cuando llegaran.

—Nos vamos…

Agarró su muñeca y abrió un panel falso en el piso de la cocina, oculto bajo una alfombra que parecía decorativa. Allí había algo que Savanna no conocía: un mapa de rutas de escape por el bosque, marcado con puntos de encuentro y refugios seguros.

Ian siempre tenía un Plan B.

Siempre.

Desde que era adolescente y había aprendido que la supervivencia no era cuestión de suerte, sino de preparación. Cada propiedad que poseía tenía al menos tres salidas, cada movimiento que hacía estaba calculado dos pasos adelante.

Porque en su mundo, un segundo de descuido significaba la muerte y mientras calculaba, marcó a Braxton y dijo una sola frase.

—Están aquí. Punto Delta. Veinte minutos.

Braxton no preguntó nada, solo colgó.

Ian guardó el teléfono y Savanna estaba de pie con las manos aferradas al borde del mármol de la cocina, sus ojos buscaron los de él.

—¿Quiénes son esas personas?

Ian se acercó rápido.

—Personas que me quieren muerto. La razón es porque me estoy acercando más al verdadero cabecilla de la muerte de mis padres y quieren evitarlo.

El miedo apareció en los ojos de Savanna. Pero no por ella. Por él. Y sin querer, se tocó el vientre.

Ian lo vio.

Soltó todo lo que llevaba en las manos y le acunó la cara con ambas palmas.

—No te va a pasar nada, ¿de acuerdo? —prometió mirándola a los ojos—. No dejaré que te pase nada a ti y a nuestro hijo.

Los ojos de Savanna se humedecieron.

—¿Y tú? ¿Por qué no te incluyes tú?

Ian no dijo nada y ese silencio confirmó los miedos de Savanna.

—Ian... respóndeme.

Él se giró y tomó la mochila del suelo.

—No hay tiempo. Vamos.

La tomó de la mano y la sacó por la ventana trasera de la cabaña. Ella lo siguió en silencio, aferrada a su mano y el miedo azotándole el corazón como un tambor de guerra.

Porque sentía que iba a perderlo.

Caminaron quince minutos bajo los pinos. El bosque olía a tierra húmeda y resina, mientras el cielo gris amenazaba con lluvia. De repente Savanna resbaló en una raíz cubierta de musgo, pero Ian la sostuvo antes de que cayera.

—Te tengo —dijo él en voz baja, mirándola—. Siempre te voy a tener.

Savanna asintió, pero las lágrimas ya estaban cayendo por sus mejillas. No de miedo, de rabia.

Porque sabía que Ian estaba dispuesto a sacrificarse por ella.

Y eso la destrozaba.

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