C90: LA DESPEDIDA.
Ian y Savanna llegaron a un pequeño claro.
Había una cabaña abandonada, medio cubierta de enredaderas y musgo. Ian la había usado antes como punto de encuentro.
—Aquí —dijo él, empujando la puerta oxidada.
Entraron.
El interior había una mesa vieja, dos sillas rotas y una ventana rota que dejaba entrar el viento frío de la tormenta que se acercaba.
Ian cerró la puerta y puso la mochila sobre la mesa.
Sacó la Glock y revisó el cargador con movimientos mecánicos, y contó quince balas, suficientes para lo que venía. Mientras tanto, Savanna lo miraba en silencio, el aire entre ellos antes lleno de amor, ahora estaba cargado de algo más pesado que el miedo.
Era la certeza de que algo terrible estaba a punto de pasar.
—No vas a dejarme aquí, ¿verdad?
Ian levantó la vista.
—No.
—Mentiroso.
Ian cerró los ojos por un segundo. El peso de esa palabra lo golpeó como un puño en el estómago, luego la miró.
—Savanna...
—No —lo interrumpió ella, acercándose hasta que el espacio entre ellos desapareció—. No me digas que es por mi bien. No me digas que es para protegerme. Porque si me dejas aquí y te vas solo, voy a odiarte por el resto de mi vida.
Ian la miró con el miedo en sus ojos. Por lo que podría perder. Por lo que ya no podía vivir sin tener.
—No puedo perderte —confesó.
—Entonces no me dejes —respondió ella, tomándole la cara con ambas manos—. Porque si tú mueres, yo muero contigo.
En ese momento, todas las barreras que había construido durante años, todas las mentiras que se había dicho a sí mismo sobre no necesitar a nadie, todo se derrumbó.
Por una mujer…
Ella.
La miró y vio a la mujer que lo había salvado aquella noche en una carretera solitaria cuando estaba herido y sangrando. La mujer que no había hecho preguntas, que lo había llevado a su casa, que lo había curado. La mujer que había confiado en él cuando no tenía ninguna razón para hacerlo y también la mujer que lo amaba a pesar de todo lo que él era.
A pesar de su oscuridad. A pesar de su pasado.
—Tú me salvaste —murmuró—. No solo mi vida, Savanna. Me salvaste a mí. Me diste una razón para seguir respirando y también me diste algo por lo que vale la pena vivir.
Los labios de ella temblaron al mismo tiempo que las lágrimas caían.
—Y… —continuó él, secando una que se deslizó a su pulgar—, me has dado todo. Tu confianza. Tu amor. Un futuro. Una familia. Me has dado más de lo que jamás soñé con tener. Y te juro que voy a proteger eso. Voy a protegerte a ti y a nuestro hijo. Aunque me cueste la vida.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!