C95 -DEVASTACIÓN
La casa de seguridad en Brooklyn era un edificio de ladrillo rojo de tres pisos, idéntico a los demás de la cuadra. Precisamente por eso la habían elegido: se perdía entre la monotonía del barrio como una aguja en un pajar.
Braxton detuvo la SUV frente a la entrada lateral. Bajó primero, escaneando la calle con la mirada entrenada y una vez satisfecho, abrió la puerta trasera.
—Savanna, llegamos.
Su voz sonaba extrañamente suave, despojada de la dureza que la caracterizaba.
Ella no respondió.
Simplemente se deslizó fuera del vehículo como un autómata, con movimientos mecánicos que revelaban a alguien que había dejado de habitar su propio cuerpo.
Cuando cruzaron la puerta del apartamento del segundo piso, Jodie ya estaba esperando. Pálida como un fantasma, con los ojos hinchados y las manos temblando visiblemente.
Braxton la había mandado traer apenas recibió la llamada de Ian, no quiso dejarla desprotegida y ahora había sido lo mejor, sabiendo que Savanna necesitaría algo familiar a lo que aferrarse.
Las dos amigas se miraron.
Estaban peleadas, sí.
Pero en ese momento, las palabras no dichas y los rencores guardados se evaporaron como humo.
—Savanna... —susurró Jodie, dando un paso vacilante hacia adelante.
Y entonces Savanna se quebró.
Jodie corrió hacia ella, atrapándola justo antes de que se desplomara. El peso la hizo tambalearse, pero logró sostenerla. Su amiga se aferró a ese abrazo como un náufrago a un madero en medio del océano.
—Está muerto —las palabras salieron rotas—. Está muerto, Jodie.
Jodie levantó la vista hacia Braxton, buscando desesperadamente una explicación.
Pero lo que vio en sus ojos la heló: culpa.
Pura y devastadora culpa.
—No es seguro, Savanna —intervino Braxton, acercándose—. Voy a...
—¡Cállate!
Ella se separó de Jodie y giró hacia él, con una furia que parecía devorarla desde adentro.
—¡Eres un maldito! ¡Lo abandonaste! ¡Lo dejaste morir allá solo!
Cada palabra era una bala y Braxton las recibió sin retroceder, sabiendo que se las había ganado todas.
—Eso es lo que Ian ordenó —respondió—. Yo obedecí.
—¡Pudiste volver con refuerzos! —contraatacó ella, con las lágrimas cayendo sin control—. ¡Pudiste hacer algo! ¡Pero no! ¡Preferiste seguir órdenes como un maldito robot!
—Tú no lo entiendes, él…
Por primera vez, la voz de Braxton tembló.


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