C96-DIME QUE MI ESPOSO ESTÁ VIVO
El apartamento estaba sumido en silencio. Jodie había llevado a Savanna hasta el sofá, pero su amiga no parecía estar realmente allí. Miraba hacia la ventana donde las luces de Brooklyn parpadeaban en la distancia, pero sus ojos no veían nada.
Estaban vacíos, como si algo esencial se hubiera apagado dentro de ella.
—Sav... —Jodie intentó de nuevo.
El aire acondicionado zumbaba en algún rincón, pero el frío que Jodie sentía no venía de ahí. Venía de la quietud antinatural de su amiga, de la forma en que respiraba tan superficialmente que parecía estar conteniendo algo que, si liberaba, la destrozaría por completo.
—Háblame, por favor —insistió, tomándole la mano.
Y entonces ella se rompió.
Fue un colapso total.
Un sonido desgarrador salió de su garganta y se dobló sobre sí misma, abrazándose el vientre, y Jodie la atrapó antes de que cayera al suelo.
—Se fue —sollozó, aferrándose a su amiga con una desesperación que partía el alma—. Se fue y nunca va a conocer a su bebé. Nunca va a... nunca va a...
Jodie se quedó paralizada.
—¿Bebé?
Savanna levantó la vista.
Tenía el rostro empapado, los labios temblando, y en sus ojos había un dolor tan profundo que Jodie sintió que se ahogaba con solo mirarlo.
—Estoy embarazada —susurró—. Y ahora... ahora él está muerto y nuestro hijo nunca va a conocer a su padre.
El llanto la consumió de nuevo.
Jodie la abrazó con fuerza, sintiendo cómo el cuerpo de su amiga se sacudía con cada sollozo. Las diferencias entre ellas, la pelea, todo quedó enterrado bajo el peso de esta tragedia.
—Lo siento tanto —murmuró, con su propia voz quebrándose—. Lo siento tanto, Sav.
—Él me amaba —dijo Savanna entre sollozos—. Me amaba tanto que se quedó para que yo pudiera escapar. Se sacrificó por mí. Por nuestro bebé. Y yo... yo nunca voy a poder decirle que lo amo. Nunca voy a poder agradecerle. Nunca...
No pudo terminar.
El dolor era demasiado grande, demasiado abrumador. Jodie sabiendo que nada podía mitigarlo, la meció en sus brazos como a una niña, dejando que sus propias lágrimas, también rodaran por sus mejillas.
Afuera, la ciudad seguía viva.
Pero dentro de ese apartamento, el mundo se había detenido para Savanna Moretti.
TEXAS – RESIDENCIA VOSS
Richard estaba de pie frente a las ventanas de su estudio, con una copa de whisky en la mano. La noche texana se extendía ante él, oscura y silenciosa.
Detrás, tres de sus hombres esperaban con la tensión visible en sus posturas.
—Informe —ordenó sin girarse.
—Perdimos siete hombres, señor —dijo el primero—. Pero Ian Moretti está muerto. Confirmado.
Richard tomó un sorbo lento de su bebida, saboreando tanto el whisky como la noticia.
—¿Y la mujer?
—Escapó.
El silencio que siguió fue denso. Richard se giró lentamente, alzando una ceja con curiosidad más que con ira.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!