C97- EN MIS MANOS
DOS DÍAS DESPUÉS
El cielo sobre Nueva York era una masa gris y pesada.
En el cementerio de Woodlawn, el viento arrastraba hojas muertas entre las lápidas mientras un pequeño grupo se congregaba alrededor de una tumba abierta y entre esa gente, Savanna estaba de pie frente al ataúd de caoba oscura, vestida completamente de negro.
El vestido le colgaba del cuerpo como si hubiera perdido peso en esos dos días, y quizás lo había hecho.
No había comido.
Apenas había dormido.
Solo existía en un estado de shock que la mantenía funcionando por pura inercia.
El ataúd estaba cerrado, tenía que estarlo.
Braxton había sido quien identificó el cuerpo. O lo que quedaba de él. El fuego había sido despiadado, consumiendo casi todo. Pero el anillo seguía ahí, en el dedo anular izquierdo: mostrando el sello Moretti, con el escudo de la familia grabado en oro.
Eso había sido suficiente para confirmar lo que todos ya sabían.
Ian Moretti estaba muerto.
Savanna miraba el ataúd sin verlo realmente. Su mente se negaba a procesar que su marido estaba ahí dentro, que el hombre que la había amado ahora era solo cenizas y huesos carbonizados.
«No puede ser real. No puede ser.»
Pero lo era.
El sacerdote hablaba sobre el descanso eterno y la misericordia divina, pero ella no escuchaba, eran simples palabras que se perdían en el viento, sin significado y sin ningún consuelo.
A su lado, Jodie la sostenía siendo el único ancla que la mantenía de pie.
Cuando los hombres comenzaron a bajar el ataúd con cuerdas gruesas, algo dentro de ella se quebró definitivamente.
—No —susurró, dando un paso adelante—. No, no, no...
El ataúd descendía lentamente, desapareciendo en la tierra oscura y cada centímetro que bajaba era como un cuchillo hundiéndose más profundo en su pecho.
—¡No! —gritó, queriendo ir con él.
Pero Jodie la agarró con fuerza, aun así, Savanna se retorció, intentando liberarse.
—¡Déjame! ¡Déjame ir con él!
—Savanna, por favor...
—¡No! ¡No pueden llevárselo! ¡No pueden!
El ataúd siguió bajando hasta que desapareció por completo. Los hombres comenzaron a echar tierra sobre él, y cada palada sonaba como un trueno en los oídos de Savanna, entonces empezó a llover.
Primero fueron gotas dispersas, luego un aguacero que empapó a todos en segundos. La gente comenzó a dispersarse, buscando refugio, pero Savanna no se movió. Se quedó ahí, de pie bajo la lluvia, mirando la tumba que ahora era solo un montículo de tierra oscura y mojada.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué me dejaste? Dijiste que no ibas a morir —continuó, con la voz subiendo—. Dijiste que no ibas a morir. ¡Maldito mentiroso!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!