C98- OCHO MESES DESPUÉS.
Ocho meses habían pasado desde la muerte de Ian.
Ese día, Savanna estaba recostada en la camilla de la consulta ginecológica del Upper East Side, con su enorme barriga de embarazada de casi nueve meses expuesta bajo la luz fría del consultorio. El gel del ecógrafo estaba helado contra su piel, pero ya no le importaba. Se había acostumbrado a estas visitas, a la rutina clínica que le recordaba que la vida seguía, quisiera ella o no.
Jodie estaba a su lado, sosteniéndole la mano como había hecho en cada cita desde que Ian murió.
Su amiga no la había soltado en estos ocho meses.
Ni siquiera cuando Savanna intentó alejarse de todos, cuando las pesadillas la consumían y prefería estar sola con su dolor.
La doctora, una mujer de unos cincuenta años con cabello gris recogido en un moño y una sonrisa cálida que parecía genuina, movía el ecógrafo sobre su vientre con movimientos precisos y suaves.
—Todo está perfecto, Savanna —anunció, mirando la pantalla—. La niña viene fuerte y saludable. Usted también, considerando todo lo que ha pasado.
Savanna miró la pantalla donde se veía el perfil de su hija.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de dolor. Eran de algo más complejo, más profundo. Amor mezclado con miedo. Esperanza mezclada con culpa. Porque cada vez que veía a esa niña en la pantalla, veía a Ian.
Sus ojos.
Su nariz.
Su promesa de que nunca la dejaría sola.
Y sin embargo, la había dejado.
—Te quiero mi amor… —musitó a la pantalla.
Sus ojos estaban cansados, con ojeras profundas que delataban las noches en velo. Pero había algo en su mirada que no se había apagado del todo: la determinación. Jodie apretó suavemente su mano mientras la doctora limpiaba el gel de su barriga con una toallita húmeda.
—¿Cómo has estado durmiendo? —preguntó, con tono profesional.
—Poco —admitió Savanna—. Pero eso ya lo esperaba. Las noches son... difíciles.
Difíciles era una palabra demasiado pequeña para describir lo que vivía cada noche.
Las pesadillas seguían ahí, esperándola cada vez que cerraba los ojos.
Los gritos.
Los disparos.
El rostro de Ian despidiéndose mientras Braxton la arrastraba lejos de él.
La explosión que nunca vio pero que imaginaba una y otra vez, con detalles cada vez más vívidos y dolorosos.
Jodie la miró con preocupación, sabía que aunque su amiga se mostraba fuerte estaba sufriendo.
—¿Sigues yendo al psicólogo? —preguntó la doctora, anotando en su tablet.
—Sí —respondió Savanna, bajando la mano a su vientre y acariciando la barriga con ternura—. Dice que voy mejorando. Que el embarazo me ha dado un propósito.



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