C99- SIENTO QUE NO ESTÁS MUERTO.
El cementerio estaba vacío.
Las lápidas grises se extendían bajo un cielo amenazante que presagiaba lluvia. Savanna caminó sola hacia la tumba de Ian, dejando a Jodie esperándola en el auto. El viento movía su cabello, más largo que antes, y arrastraba hojas secas que crujían bajo sus pies como huesos quebrados.
Se arrodilló frente a la lápida con dificultad, su barriga haciendo que cada movimiento fuera un esfuerzo. Colocó unas flores blancas sobre la piedra fría, con manos que temblaban como cada vez que iba allí.
Pasó sus dedos sobre las letras grabadas:
"Ian Moretti. Amado esposo, hijo y padre. Vivió y murió por los que amaba."
Aún le dolía leerlo. Siempre le iba a doler.
—Hola, mi amor —susurró—. Aquí estoy de nuevo. Y aún duele como el primer día.
Se sentó en el suelo con cuidado, apoyando la espalda contra la lápida, como si estuviera recostada en su pecho. Como hacían en la cabaña, cuando el mundo era solo ellos dos y el futuro parecía posible.
El mármol estaba helado contra su espalda, pero se quedó ahí de todas formas. Necesitaba sentirlo cerca, aunque fuera solo una ilusión.
—Tu hija sigue creciendo bien —continuó, con una mano sobre su vientre—. Crece fuerte. La doctora dice que es saludable. Que tiene mucha energía, porque no para de moverse.
Una sonrisa triste se dibujó en sus labios mientras las lágrimas caían por sus mejillas sin control.
—La voy a llamar Ivanna. Una combinación de ambos y le enseñaré a ser una mujer fuerte, a nunca rendirse.
Su voz se quebró, pero siguió hablando porque necesitaba que él la escuchara, dondequiera que estuviera.
—Eso quiero para nuestra hija. Fuerza. Y que nunca se rinda. Como tú. Como nosotros.
La niña se movió dentro de ella, como si respondiera a sus palabras y Savanna soltó una risa ahogada entre lágrimas y acarició su barriga con ternura.
—Tu papá te está escuchando, mi amor. Sé que sí. Él siempre nos está cuidando.
Pero entonces, algo cambió.
Una sensación que llevaba meses persiguiéndola volvió con más fuerza que nunca. Esa presencia invisible que la hacía voltear en medio de la calle, que la despertaba en las noches con el corazón acelerado, que la hacía sentir observada incluso cuando estaba completamente sola.
Cerró los ojos y dejó que el viento la envolviera.
Las hojas secas bailaban a su alrededor, susurrando secretos que no podía descifrar.
—A veces... siento que no estás muerto —susurró, abriendo los ojos y mirando alrededor con una mezcla de esperanza y miedo—. Quizás es mi imaginación. Quizás es el deseo de volver a verte. Pero... a veces quiero que sea real… —Se ahogó con el dolor—. Quiero verte llegar a casa… Quiero… que me abraces…
El viento sopló más fuerte, como si la naturaleza misma respondiera a su pregunta. Las ramas de los árboles crujieron y las hojas se arremolinaron en espirales caóticas.
Y por un momento, solo por un instante fugaz, Savanna sintió que no estaba sola.
Se puso de pie con esfuerzo, con el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Miró hacia el bosque que bordeaba el cementerio, hacia las sombras que se movían entre los troncos oscuros.


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