Dante Vance no había llegado a la cima del mundo empresarial confiando en las apariencias, sino en los instintos. Y en ese momento, cada terminación nerviosa de su cuerpo le gritaba que la mujer en el ala este era Elara. Sin embargo, el dolor punzante en su pecho se mezclaba con una estrategia fría. Si esa niña, Amara, era su sangre y estaba muriendo, él movería el cielo y la tierra para salvarla antes de exigirle cuentas a la mujer que se lo había ocultado.
Sentado en su despacho, Dante observaba la fotografía de su propia infancia que Marcus le había enviado al monitor. Luego, miró el fotograma congelado del niño, Mateo. La mandíbula, la mirada gélida, esa forma de desafiar el mundo... era como mirar un espejo.
—¿Nieto de Rosa? —susurró Dante con una sonrisa amarga y letal—. Me crees un imbécil, Elara.
Cerró los ojos y apretó los puños. Sentía una furia volcánica, pero bajo ella, un calor desconocido se expandía por sus venas. Decidió que le seguiría el juego a la "Doctora Ríos" y a la "abuela" Rosa. Las dejaría creer que su mentira funcionaba mientras él acumulaba cada prueba, cada cabello, cada gota de verdad. Necesitaba que Elara estuviera concentrada en curar a la niña; después, se encargaría de cobrar cada segundo de silencio.
A la mañana siguiente, Elara salió un momento de la suite médica para verificar unos suministros. Había dejado a Rosa bajo llave con los niños, pero Mateo, con la curiosidad inagotable de un Vance, había logrado deslizarse por una puerta lateral que Rosa creía asegurada.
Dante, que vigilaba las cámaras desde su tableta, vio al pequeño salir al jardín de invierno, un espacio de cristal lleno de plantas exóticas. Dejó su dispositivo y caminó hacia allí.
Al entrar, vio a Mateo observando una orquídea negra. Dante se detuvo a unos metros, observando cómo el niño fruncía el ceño de la misma forma exacta en que él lo hacía cuando analizaba un contrato.
—Es una Vanda coerulea —dijo Dante, su voz bajando un octavo de tono—. Es difícil de cultivar. Necesita el entorno exacto para no marchitarse.
Mateo se giró. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Dante con una valentía que le cortó el aliento al magnate.
—Se parece a la que mi abuela Rosa dice que es de la suerte —respondió Mateo, cruzando los brazos sobre su pecho—. Pero esta es más grande. ¿Tú eres el dueño de toda la selva?
Dante se agachó para quedar a su altura. Estar tan cerca del niño era abrumador.
—Algo así —respondió Dante, tratando de sonar casual—. Dime, Mateo... si eres el nieto de Rosa, ¿por qué no te pareces en nada a ella? Tienes una mirada muy... diferente.
Mateo ladeó la cabeza, analizando al hombre frente a él.
—Mami dice que soy un guerrero. Y los guerreros no siempre se parecen a sus abuelos.
—¿Mami? —Dante cazó la palabra al vuelo, sintiendo una descarga eléctrica—. ¿Te refieres a la Doctora Ríos?

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