La oficina de Dante estaba sumida en una penumbra que solo era interrumpida por la luz azulada de las pantallas. El silencio era tan denso que el tic-tac del reloj de pared parecía marcar una cuenta atrás definitiva. Cuando Marcus entró, no necesitó decir una palabra. Dejó un sobre de papel de seguridad sobre el escritorio de caoba y retrocedió dos pasos, manteniendo una distancia prudencial. Sabía que lo que había dentro de ese sobre era dinamita.
Dante tomó el sobre. Sus manos, que habían firmado acuerdos de miles de millones sin temblar, vacilaron un segundo. No era miedo al fracaso, era miedo a la verdad. Rasgó el sello y extrajo las hojas. Sus ojos escanearon los datos técnicos, las secuencias y, finalmente, las conclusiones en negrita al pie de cada página.
Muestra A (Amara): Probabilidad de paternidad: 99.99%
Muestra B (Mateo): Probabilidad de paternidad: 99.99%
Dante soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Una risa seca, casi un sollozo ahogado, escapó de su garganta. El impacto fue una marea de emociones contradictorias: una alegría salvaje le ensanchó el pecho al saber que no estaba solo en el mundo, que Mateo y Amara eran su legado. Pero inmediatamente, esa calidez fue sofocada por un frío intenso.
Ella estaba allí. Bajo su techo, disfrazada, mirándolo a los ojos todos los días y ocultándole que el milagro que él tanto había buscado caminaba y respiraba en su propia casa. Lo que más le dolía era el recuerdo de su sacrificio: él la había dejado de buscar hace cinco años para no hacerle más daño, porque la amaba lo suficiente como para dejarla ser libre. Y ella le había pagado con el silencio más cruel.
—Es ella, Marcus —susurró Dante, y su voz sonaba como el acero rozando la piedra—. Realmente es Elara.
—¿Qué desea hacer, señor? —preguntó Marcus con cautela—. Si la confrontamos ahora, el estrés podría afectar el tratamiento de la niña.
Dante se puso en pie y caminó hacia el ventanal que daba al ala este. Sus ojos brillaban con una luz maníaca, una mezcla de posesividad y reproche.
—No voy a confrontarla... todavía. No mientras Amara necesite que sus manos no tiemblen. Pero a partir de este segundo, Elara ha dejado de ser una invitada. Es una prisionera que aún no sabe que su celda se ha cerrado.
En la unidad médica, el ambiente era radicalmente distinto. Elara estaba concentrada en los preparativos para la primera transfusión crítica. Los niveles de hemoglobina de Amara habían caído peligrosamente y el equipo de especialistas de la Fundación ya estaba posicionando las bolsas de plasma purificado.
Elara revisaba las vías intravenosas de su hija con una devoción casi religiosa. Sus dedos se movían con precisión, pero su mente estaba en otra parte, preguntándose cuánto tiempo más podría sostener la máscara de la Doctora Ríos. No se había percatado de que Dante estaba de pie en el umbral, observándola. Esta vez, él no cruzó los brazos. Se limitó a mirarla, tratando de ver a través de la peluca, de los lentes azules, buscando a la mujer que alguna vez fue su mundo entero y a la que decidió soltar por amor.
«¿Cómo pudiste?», pensó Dante, sintiendo que el amor y el odio se trenzaban en su garganta. «Me robaste a mis hijos...».
—¿Está todo listo, doctora? —preguntó Dante. Su voz era extrañemente suave, casi dulce, pero con un matiz que hizo que Elara se tensara al instante.
Ella se giró, ajustándose los guantes de látex. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo.

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