Dante entró al gran comedor llevando a Mateo de la mano. Aunque por fuera mantenía una calma imponente, por dentro sentía que las paredes de la mansión se le caían encima. Los resultados de ADN que acababa de leer en su despacho seguían grabados a fuego en su mente, burlándose de los cinco años que pasó respetando el espacio de Elara. Había decidido dejar de buscarla porque creía que su ausencia le daría la paz que él no podía ofrecerle, y ella le había pagado ese sacrificio robándole la infancia de sus hijos.
Se sentó a la cabecera de la mesa, observando a Mateo. El niño miraba con asombro la opulencia del lugar, pero no parecía intimidado. Tenía esa seguridad innata, esa forma de ocupar el espacio que Dante conocía muy bien porque la veía cada mañana en el espejo.
Rosa permanecía de pie en un rincón, con las manos entrelazadas y el rostro pálido. Parecía una condenada a muerte esperando que cayera la guillotina.
—Siéntese, Rosa —ordenó Dante sin mirarla—. Si va a seguir con esta farsa de ser la abuela de mi... del niño, al menos tenga la decencia de comer con nosotros.
—Señor, yo... —balbuceó Rosa, dando un paso vacilante.
—Es una orden —sentenció Dante, cortando cualquier excusa. Se giró hacia Mateo, suavizando apenas el tono—. ¿Te gusta la carne, pequeño?
—Mami dice que la carne me hace fuerte para ser un guerrero —respondió Mateo con una sonrisa que fue como un puñal en el centro del corazón de Dante.
Dante cortó un trozo de filete con una precisión milimétrica. Cada movimiento de sus manos ocultaba el deseo de subir al ala médica y exigir respuestas a gritos.
—Tu madre tiene razón —dijo Dante, y el nombre de Elara se sentía amargo en su lengua—. Ella siempre cree tener la razón en todo, ¿verdad? Incluso cuando decide qué estrellas deben brillar y cuáles deben apagarse por completo.
Mateo lo miró con curiosidad, ladeando la cabeza de esa forma analítica que Dante solía hacer durante las juntas de consejo.
—¿Tú conoces a mi mami de antes? Hablas como si estuvieras enojado con ella.
Dante se detuvo con el cubierto a mitad de camino. Miró fijamente al niño, viendo en él la inocencia que Elara le había arrebatado el derecho de proteger. Sintió una rabia sorda contra ella, no por haber huido, sino por haberle negado a su propio hijo la posibilidad de conocerlo.
—No estoy enojado, Mateo. Estoy recuperando el tiempo que otros me quitaron. Dime una cosa... ¿Ella te ha hablado alguna vez de tu padre? Pero no de las historias de las estrellas, sino del hombre real.
Mateo negó con la cabeza, volviendo a su comida con naturalidad, ajeno al terremoto emocional que estaba provocando.
—Solo dice que era un hombre muy poderoso, pero que su corazón estaba lleno de tormentas. Y que por eso tuvimos que irnos muy lejos, para que la tormenta no nos alcanzara a nosotros y estuviéramos a salvo.
Dante apretó el cuchillo con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color. Tormentas. Ella lo había pintado como un monstruo ante sus propios hijos. Había construido un muro de mentiras para asegurarse de que ellos nunca lo buscaran, de que le tuvieran miedo incluso antes de conocerlo. Mientras él sufría por haberla "dañado" en el pasado, ella se dedicaba a borrarlo de la memoria de sus hijos.
Una vez que terminó la cena, Dante ordenó a Marcus que escoltara a Rosa y a Mateo de vuelta a su habitación, asegurándose de que la seguridad fuera doble. No iba a permitir que Elara intentara una fuga desesperada en mitad de la noche.

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