El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales de la mansión Vance, pero para Elara, la luz no traía esperanza, sino la confirmación de su cautiverio. No había dormido. Había pasado la noche en vela, sentada junto a la cama de Amara, escuchando el pitido monótono del monitor y el eco de la voz de Dante llamándola por su verdadero nombre. Ya no era la Doctora Ríos; la máscara se había fundido bajo el calor de la furia de Dante, dejándola expuesta y vulnerable.
Cuando la puerta de la suite médica se abrió, Elara se tensó, esperando ver la figura imponente de Dante. En su lugar, entró Marcus, con su habitual expresión impasible y una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días, Elara —dijo Marcus. El uso de su nombre real fue como un latigazo—. El señor Vance ha ordenado que se le entregue este nuevo protocolo de seguridad. A partir de ahora, sus movimientos están restringidos a esta ala y al jardín privado contiguo.
Elara se puso de pie, con las ojeras marcadas y el orgullo herido.
—No soy una prisionera, Marcus. Tengo pacientes, tengo una vida...
—Usted es la madre de los hijos del señor Vance —interrumpió Marcus con una frialdad técnica—. Y según los resultados de ADN, su "vida" fuera de estas paredes se basaba en una red de falsedades. El señor Vance no permitirá que el riesgo de fuga se repita. Mis hombres están en cada salida.
En la habitación contigua, Mateo se despertaba confundido. Rosa intentaba mantener la calma mientras le preparaba el desayuno, pero sus manos temblorosas la delataban. El niño, perspicaz como su padre, notó que algo había cambiado en el aire.
—¿Dónde está mami? —preguntó Mateo, bajándose de la cama—. ¿Y el señor enojado de anoche?
Antes de que Rosa pudiera responder, la puerta se abrió y Dante entró. Ya no vestía el jersey informal de la noche anterior, sino un traje hecho a medida que acentuaba su autoridad. Se detuvo frente a Mateo y, por un segundo, la dureza de sus ojos se suavizó al ver al pequeño.
—Tu madre está trabajando con tu hermana —dijo Dante, agachándose para quedar a la altura del niño—. Y yo no soy un "señor enojado", Mateo. Soy el dueño de esta casa. Y desde hoy, tú y yo vamos a pasar mucho tiempo juntos.
Mateo lo miró con desconfianza.
—Mami dice que no debemos molestar a los dueños de las casas. Dice que somos invitados.

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