El ala médica se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos. Los monitores emitían pitidos erráticos y el rostro de Amara había adquirido una palidez traslúcida que helaba la sangre. Elara, a pesar del terror que sentía como madre, se movía con la precisión de un autómata, inyectando medicamentos para frenar la convulsión.
Dante estaba de pie contra la pared, viendo la escena con una impotencia que lo desgarraba. Él, que podía comprar países y derribar imperios, no podía hacer nada para que los pulmones de su hija procesaran el aire.
—¡No está respondiendo! —gritó una de las enfermeras—. La insuficiencia medular está entrando en una fase crítica, la transfusión no fue suficiente.
Elara se giró hacia Dante. Sus ojos, ya sin el disfraz de la "Doctora Ríos", suplicaban. La máscara de orgullo se había evaporado ante la inminencia de la muerte.
—Dante... el tratamiento experimental necesita un refuerzo inmediato de células progenitoras compatibles —dijo Elara con la voz rota—. No hay tiempo. Amara no llegará a mañana si no hacemos el trasplante de médula ahora mismo.
Dante no lo dudó ni un segundo. Se quitó la chaqueta del traje y empezó a desabotonarse la camisa mientras caminaba hacia la camilla contigua.
—Hazlo —ordenó Dante, su voz firme como el acero—. Toma lo que necesites. Toda la que haga falta.
El procedimiento fue brutal y rápido. Mientras Elara preparaba a Amara, el equipo médico procedía con la extracción de médula de Dante. A pesar del dolor agudo de las agujas penetrando el hueso, Dante no emitió ni un solo quejido. Mantenía la vista fija en la pequeña Amara, enviándole mentalmente toda su fuerza, su vida y su voluntad de hierro.
—Vas a estar bien, pequeña —susurraba él, mientras sentía cómo su propia energía se drenaba para salvar la de ella—. Papá está aquí.
Elara observaba la escena con lágrimas corriendo por sus mejillas. Ver a Dante, el hombre que ella creía su enemigo, entregándose físicamente para salvar a la niña que ella le había ocultado, rompió el último muro de resentimiento que le quedaba.
Horas después, el silencio volvió a la habitación. Amara descansaba, ahora con un leve color rosado en sus mejillas. El trasplante había sido un éxito inicial. Dante, pálido y debilitado, permanecía sentado en un sillón junto a la cama, con una mano vendada pero sosteniendo la pequeña mano de su hija.
Fue en ese momento de calma cuando la puerta se abrió lentamente. Mateo entró, seguido de cerca por Rosa. El niño se detuvo en seco al ver a su madre llorando y a Dante recostado, con aspecto cansado.

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