La luz del ocaso se filtraba por los inmensos ventanales del comedor, tiñendo las paredes de un tono ámbar que recordaba al oro viejo. Elara se miró por última vez en el espejo del pasillo antes de entrar. Se había recogido el cabello en un moño bajo, tratando de proyectar una serenidad que le permitiera enfrentar la noche con dignidad. Sus labios todavía estaban ligeramente hinchados, un recordatorio físico del encuentro que Dante le había propinado en el jardín. Cada vez que pasaba la lengua por ellos, el recuerdo de su cercanía regresaba, provocándole un escalofrío que mezclaba la confusión con una traicionera nostalgia.
Al entrar, la escena la golpeó con la fuerza de una realidad que había intentado evitar durante cinco años. Dante ya estaba allí, sentado a la cabecera, luciendo una camisa negra que hacía que su mirada resaltara bajo la luz de las velas. A su izquierda, Mateo jugaba con su servilleta de lino, y a su derecha, Amara observaba la platería con esa curiosidad analítica que la caracterizaba. Era la imagen de una familia que intentaba encontrarse de nuevo, aunque bajo la superficie aún fluyeran demasiadas preguntas sin respuesta.
—Llegas justo a tiempo —dijo Dante, su voz resonando en el salón con una vibración profunda. Se puso de pie con elegancia, rodeando la mesa para retirar la silla de Elara—. Estábamos esperándote para comenzar.
Elara se sentó, sintiendo el calor de la mano de Dante rozar su hombro al acomodar la silla. Fue un contacto breve, pero suficiente para que ella se tensara, consciente de que, a pesar de la calma aparente, nada entre ellos se había resuelto aún.
La cena comenzó con una eficiencia impecable. El personal de servicio se movía con discreción, sirviendo los platos en silencio. Elara observó la mesa, notando la perfección de cada detalle, pero algo le causaba una extraña inquietud.
—Dante —llamó ella, bajando su copa de agua y buscando un rostro familiar entre los empleados—. No he visto a Martha desde que llegué. Me extraña que no esté aquí.
Dante se detuvo un momento antes de responder, manteniendo la vista en su plato.
—Martha se tomó unas vacaciones, Elara. Después de tantos años de servicio leal, consideré que se merecía un descanso en su pueblo natal. Volverá cuando todo esté más asentado en la casa.
Elara asintió lentamente, aunque le pareció curioso que la mujer no estuviera presente justo en su regreso. No quiso insistir delante de los niños, pero la ausencia de Martha dejaba un vacío en la familiaridad que intentaba reconstruir.
—Mami —intervino Mateo, rompiendo el silencio con la espontaneidad propia de sus cinco años—. ¿Por qué este lugar es tan grande? ¿Es para que podamos jugar a las escondidas siempre?
Dante soltó una pequeña sonrisa, suavizando los rasgos de su rostro al mirar a su hijo.
—En parte sí, Mateo. La casa es grande para que ustedes tengan todo el espacio que necesiten.
—¿Incluso cuando tú estás serio? —preguntó Amara, ladeando la cabeza mientras observaba a su padre—. Porque mami dice que cuando las personas se quieren, comparten todo. Pero ustedes dos... —la niña hizo una pausa, mirando a sus padres con atención— ustedes dos se miran como si estuvieran contando secretos con los ojos.
Dante se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa para quedar al nivel de su hija.
—A veces, Amara, los adultos necesitan tiempo para volver a entenderse. Tu madre y yo estamos redescubriendo cómo hablar el mismo idioma.
—¿Y se quieren de besos? —soltó Mateo con curiosidad—. Rosa dice que cuando un hombre defiende a una mujer como tú hiciste hoy con esa señora, es porque la quiere muchísimo.
Elara sintió que el calor subía por su cuello. Intentó concentrarse en su comida, pero la mirada de Dante era una presencia constante que no la dejaba ignorar lo que había pasado en el jardín.

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