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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 129

El trayecto desde la suite de la clínica hasta los límites de la urbanización residencial se sintió como el cruce definitivo de una frontera invisible. Al traspasar los imponentes portones de hierro forjado y los estrictos controles de seguridad —un protocolo blindado que el propio Dante Vance había reforzado personalmente tras el último altercado—, los ecos del pasado parecieron disolverse, reemplazados por el aire fresco de la tarde.

​Dentro del habitáculo del coche de lujo, el silencio ya no era esa masa densa y asfixiante de los días de crisis; ahora era un bálsamo reparador. Dante conducía con una mano firme sobre el volante, mientras que con la otra reclamaba la mano de Elara sobre el asiento central. Sus dedos estaban fuertemente entrelazados, como si temiera que, al soltarla, ella pudiera desvanecerse en el aire. De vez en cuando, sin apartar la vista de la carretera, el magnate levantaba la mano de su esposa para depositar un beso suave, pero cargado de una posesividad latente, sobre el dorso de sus nudillos.

​Cuando el motor de alta gama se detuvo con un ronroneo casi imperceptible frente a la fachada de piedra y cristal de la imponente residencia, la simetría del lugar se rompió de la forma más hermosa posible. La pesada puerta principal de roble se abrió de par en par y dos pequeñas siluetas salieron disparadas por el sendero de adoquines, quebrando la quietud arquitectónica con una cascada de risas cristalinas.

​—¡Mamá! ¡Papá! —el grito de Mateo lideró la carrera. Sus cortos pasos devoraban la distancia con una energía inagotable, seguido muy de cerca por la pequeña Amara, cuyas coletas castañas daban tumbos al compás de sus saltos.

​Dante bajó del vehículo con una agilidad felina que contrastaba drásticamente con la postura rígida y distante que solía adoptar en los rascacielos de Vance Enterprises. Antes de que los niños lo alcanzaran, ya se había agachado sobre el pavimento, abriendo sus brazos justos a tiempo para recibir el impacto combinado de sus dos hijos. Los atrapó en vilo, cargándolos contra su ancho pecho con una facilidad pasmosa. Mateo se colgó de su cuello con la vehemencia de quien recupera un tesoro perdido, mientras Amara, más tímida, escondía su carita en el hueco del hombro de su padre, aspirando el aroma a sándalo y hogar.

​—Vaya, pero si mis dos campeones han crecido un palmo entero en estas pocas horas —murmuró Dante.

​Su voz, esa misma voz gélida e implacable que hacía temblar a juntas corporativas enteras y destruía competidores con una sola frase, se transformó en un arrullo profundo, impregnado de una calidez inédita que solo su familia poseía el privilegio de conocer—. ¿Se portaron bien con la abuela Rosa?

​—¡Sí! ¡Hicimos dibujos gigantes en la cocina con pinturas de dedos! —respondió Mateo con los ojos encendidos de entusiasmo, separándose un poco para acunar la mandíbula de su padre con sus manitas—. Papá... ¿ya te vas a quedar a vivir con nosotros para siempre? Ya no te vayas a la oficina grande. Quédate aquí. Con mamá y con nosotros.

​Elara, que acababa de rodear la parte delantera del auto para unirse al reencuentro, sintió un vuelco en el corazón al escuchar la inocente súplica de su hijo. Se detuvo a unos pasos, contemplando la escena. Miró a Dante y encontró en las pupilas oscuras del magnate una chispa de profunda emoción, una vulnerabilidad que el mundo exterior jamás creería existente en el gran tiburón de las finanzas. Dante apretó a los niños un poco más contra sí, depositando un beso tierno en la frente de cada uno antes de levantar la vista hacia su esposa.

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