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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 130

Elara soltó una carcajada limpia y sonora, negando con la cabeza ante la extravagancia típicamente posesiva y desmesurada de su esposo. Dante Vance no conocía el término medio; si iba a ser un día familiar, se ejecutaría bajo sus propios términos de poder absoluto. Él no se adaptaba al mundo; obligaba al mundo a adaptarse a las necesidades de los suyos.

​La mañana siguiente se presentó como un lienzo perfecto: un cielo azul radiante, libre de nubes, y un sol dorado que iluminaba los intrincados detalles del imponente complejo recreativo. El parque de atracciones, una obra maestra de la ingeniería moderna mezclada con la nostalgia clásica —con montañas rusas cuyas vías de acero parecían desafiar la gravedad, carruseles de luces victorianas y castillos de fantasía tallados en piedra—, lucía una quietud casi irreal. El gigantesco estacionamiento, que normalmente hervía con miles de turistas, estaba completamente vacío, custodiado en cada acceso por vehículos negros y el personal de seguridad privada de Dante.

​Al cruzar los molinetes dorados de la entrada principal, Mateo y Amara se quedaron petrificados por un segundo. Sus pequeñas mentes intentaban procesar la inmensidad del lugar desierto. No había ruido estridente, solo una música suave de fondo. Todo el personal del parque, desde los operadores hasta los directivos, estaba formado en una línea perfecta de bienvenida, saludando con absoluto y reverente respeto al magnate y a su familia.

​—¡Es todo para nosotros! —chilló Mateo, rompiendo el hechizo. Se soltó de la mano de Elara y corrió como una exhalación hacia el enorme carrusel de caballos de madera tallados a mano, que justo en ese instante encendió sus miles de bombillas doradas, reflejándose en sus ojos asombrados.

​—¡Despacio, Mateo! ¡Te puedes caer! —advirtió Elara de instinto, dando un paso adelante, pero la mano de Dante la detuvo suavemente, sujetándola por el antebrazo.

​—Déjalo correr, Elara —dijo él, con la mirada fija en la silueta libre de su hijo—. Hay un anillo de seguridad periférico de cincuenta hombres armados rodeando el parque. Nadie que yo no autorice cruzará esa línea. No hay amenazas, no hay cámaras ocultas. Hoy solo tienen que preocuparse por ser niños. Déjalos ser felices.

​Durante las siguientes horas, el parque de atracciones se transformó en el escenario de una felicidad idílica que Elara, en sus noches más oscuras de sufrimiento, jamás creyó que llegaría a cosechar. Dante, el temido y despiadado CEO de Vance Enterprises, se despojó por completo de su armadura corporativa. Vestido de manera inusualmente informal, con unos jeans oscuros que acentuaban sus largas piernas y una camisa de lino azul marino con las mangas remangadas hasta los antebrazos, se subió con Mateo a los autos chocadores. Elara observó, fascinada, cómo el hombre que manejaba crisis financieras internacionales reía a carcajadas mientras esquivaba los ataques al volante de su hijo de cinco años, mostrando una soltura que suavizaba y embellecía sus facciones habitualmente severas.

​Elara caminaba a unos pasos de distancia, cargando a Amara, quien se aferraba a su cuello mientras señalaba con sus deditos las fuentes de agua danzante y los globos de helio que flotaban como burbujas de colores. Ver a Dante perseguir a Mateo por los laberintos de espejos, cargarlo sobre sus hombros para que alcanzara la copa de los árboles de algodón de azúcar, y enseñarle con paciencia infinita a apuntar en los juegos de destreza, provocó que una oleada de calor profundo e intenso inundara el pecho de Elara. El hombre implacable que a menudo era calificado de monstruo por sus enemigos se había transformado, por el puro poder del amor, en el padre protector, devoto y tierno que sus hijos merecían.

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