El estruendo de la pesada puerta de madera al cerrarse sacudió las paredes del vestíbulo con la fuerza de una sentencia judicial. Dante Vance no se movió un solo centímetro. Se quedó allí, estático, bloqueando la única salida con su imponente y robusta figura, mientras sus ojos oscuros y abisales taladraban a Elara con una fijeza implacable que pretendía desmantelar, pieza por pieza, su resistencia. La rabia en él no explotaba en gritos vulgares; se concentraba en una frialdad peligrosa, una marea negra dispuesta a arrasar con cualquier cosa que osara cruzarse en su camino.
—Una actuación soberbia, Elara. De verdad, digna de un aplauso de pie —soltó Dante, y su voz arrastrada y densa raspó el tenso silencio del lugar—. Pero te equivocas si crees que tus aires de grandeza y tu discurso de mártir me van a frenar. Esta casa se pagó con mi dinero y está registrada bajo mi nombre. Me importa una m****a lo que opines, o los motivos idílicos por los que decidiste mudarte aquí. Lo único real en este maldito lugar es que ahí adentro están mis hijos. Mi sangre. Y no voy a dejar el futuro y la educación de los herederos de la fortuna Vance en manos de una mujer arribista, que se aprovechó de mis errores del pasado para escalarse a mi cama y sangrarme una fortuna.
Elara sintió que la sangre le hervía en las venas, transformándose en puro fuego líquido. Dio un paso firme hacia él, reduciendo la distancia, con los puños tan fuertemente apretados que los nudillos se le pusieron de un blanco fantasmal. La furia que sentía por esta versión deshumanizada, cruel y retrógrada de Dante la quemaba por dentro, pero no iba a permitir que la viera flaquear.
—¿Tu dinero? ¿Tu maldita fortuna? —escupió ella, con un desprecio tan genuino y visceral que pareció cortarle el rostro al magnate—. Grábate esto en tu mente Dante: no te tengo miedo. No me asustan tus amenazas legales, ni tu circo de guardaespaldas, ni ese estúpido imperio del que tanto te jactas. Puedes quedarte con esta maldita casa si tanto te duele el codo. Quédatela. Pero a mis hijos... a mis hijos no los vas a tocar.
—No vine hasta aquí a negociar contigo, Elara, y mucho menos a pedirte permiso —la cortó él de golpe, dándole la espalda con una indiferencia soberbia para mirar a Marcus, que aguardaba visiblemente incómodo, cerca del umbral exterior.
—Marcus —ordenó el magnate, con el tono cortante de quien está acostumbrado a mover los hilos del mercado financiero—. Que los hombres bajen mi equipaje del coche ahora mismo. Me instalo en el despacho principal de la planta baja. A partir de este preciso instante, voy a controlar cada movimiento de esta casa desde aquí. Nadie entra y nadie sale sin mi autorización.

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