El trayecto hacia la planta alta fue un calvario de pisadas pesadas que resonaban en la madera y una tensión insoportable que amenazaba con hacer estallar los cristales. Elara subía los escalones con el corazón acelerado, odiando con cada fibra de su ser la presencia gigante y robusta de Dante, que la seguía de cerca, como una sombra negra y omnipresente dispuesta a devorar la paz que tanto le había costado construir. Al llegar a la puerta de la sala de juegos, Elara se detuvo. Cerró los ojos por un instante y se tragó la rabia, forzando una respiración profunda para no transmitirle su pánico a los gemelos.
Al empujar la puerta, la imagen de sus hijos jugando pacíficamente en la alfombra le dio un vuelco doloroso al estómago. Amara levantó la vista primero. Al divisar la silueta alta y familiar de su padre recortada detrás de Elara, el juguete que sostenía se le resbaló de las manos, impactando sorda en el suelo. Sus ojitos castaños se abrieron enormes, llenándose de lágrimas instantáneas. Para la mente inocente de los niños, las sutiles advertencias que Elara les había estado dando las últimas semanas no significaban nada frente al deseo salvaje y desesperado de recuperar a su papá.
—¡Papá! —chilló Amara, con la voz quebrada por la emoción, corriendo a toda velocidad por la alfombra con los brazos abiertos de par en par.
Mateo, saliendo de su asombro, tiró sus bloques de construcción y corrió justo al lado de su hermana, con la respiración entrecortada y una sonrisa de oreja a oreja que iluminó su pequeño rostro. Los dos pequeños se estrellaron con fuerza contra las piernas de Dante, rodeándolo con desesperación, descargando en ese abrazo todo el miedo, la angustia y las noches de insomnio de haberlo visto al borde de la muerte.
Dante Vance se quedó completamente congelado.
Su cuerpo parecía una maldita estatua. Elara sintió que se le rompía el corazón en mil pedazos al ver que las manos grandes, aquellas que alguna vez habían acunado a esos niños con una ternura infinita, se quedaban rígidas, pesadas y muertas a los costados de su cuerpo. No se bajó a cargarlos. No los apretó contra su pecho. No hubo un solo destello del hombre que solía desbordarse de amor por ellos. Dante simplemente miró hacia abajo, observando las dos cabecitas que se aferraban a su ropa con una distancia analítica, fría, casi higiénica.
—Suelten mi pantalón —dijo Dante, con una voz seca, cortante y exenta de cualquier emoción que heló por completo la atmósfera del cuarto—. Amara, Mateo, den un paso atrás inmediatamente. Me están arrugando el traje.
Amara levantó la carita, parpadeando con las mejillas empapadas, sin poder dar crédito a lo que escuchaba. El papá que recordaba, el que la llenaba de besos ruidosos y la hacía volar por los aires hasta hacerla reír a carcajadas, no estaba en ese cuerpo. Los bracitos de la niña perdieron toda la fuerza, deslizándose lentamente hacia abajo por la tela del pantalón de Dante, mientras sus labios infantiles empezaban a temblar con una fuerza incontenible.
—Papá... ¿por qué estás enojado conmigo? —susurró la pequeña, rompiéndose a llorar con un desconsuelo que habría quebrado a cualquiera—. Pensé... pensé que ya te habías curado y que querías regresar a jugar con nosotros.

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